ELPASO. A Punk Story

Cada libro encuentra su momento. Este lo tenía en una estantería desde marzo de 2019 cuando tuve la suerte de conocer a su autor y ver y escuchar algunas de las piezas que son también parte del libro. Le tenía ganas pero una pila de ensayos me tenía la lectura secuestrada. Hasta ahora. Vacaciones raras en casa, con la ciudad vacía (de turistas y de residentes) y el calor que no da tregua desde las 11:00 hasta las 18:00. Mi pila interminable de ensayos puede esperar un par de semanas.

ELPASO. A punk story se lee solo. En la página 50 ya tienes que asumir que te has enganchado y que ninguna serie o película te va a robar la atención durante las horas que te queden para acabarlo. Me ha gustado mucho, tanto en la historia como en la propuesta creativa.

La historia

Una historia que habla de la importancia de los amigos para darle forma a la propia personalidad y lo que perseguimos con nuestros pasos en el futuro. Pequeños momentos significativos que están preñados de música, las listas de canciones y artistas son una parte clave del libro, y que podrían haber sido la banda sonora de casi cualquiera que haya nacido entre 1975 y 1985. El libro habla de amistad pero también de la identidad fronteriza, de lo que significa crecer construyendo raíces propias al margen de los bordes o la lengua, y también habla del amor y de lo que significa al crear una familia, una pareja o una banda de punk. Algunas partes del libro me han hecho recordar pasajes de Girl in a band de Kim Gordon o de Big Day Coming: Yo La Tengo and the Rise of Indie Rock de Jesse Jarnow. El libro está contado desde el final de los 80´ cuando la escena musical estadounidense estaba cambiando de forma radical. El grunge fagocitó a buena parte del punk y los personajes sufren ese tornado social en el desarrollo de su propia historia.

La propuesta creativa

La otra buena razón por la que me apetece regalarle el libro a unos cuantos colegas es por la propuesta. La historia rebasa el libro, a su alrededor hay varios rastros de miguitas transmedia: collages, fanzines, música, entrevistas, un registro fotográfico inmenso… y una estructura que recupera partes de la biografía real de Benja Villegas. Todas esas piezas se juntan de forma natural creando algo orgánico y verosímil. La ficción se entremezcla con lo real una y otra vez, tanto que para disfrutar realmente de la historia lo mejor es entregarse y evitar desentrañar la verdad. La historia se merece ser abrazada.

Hay algo más que me ha dejado muy buen sabor de boca y es la filosofía de Do-it-yourself que emanan tanto la historia como la propuesta creativa. Muchos de los de nuestra generación nos hemos creído que el DiY se limita a montar estanterías del IKEA y aprender a cocinar. Pero la historia de las bandas punk de las que se habla, todo el material gráfico creado y el propio libro enseñan sin querer la profundidad del concepto: crear es una forma humana de expresarse y está al alcance de todos.

Muy recomendable.

Un año de radio

Tengo Spotify desde 2008. Me pasaron una invitación estando de Erasmus en Suecia y me enamoré de tanto indie sueco, funk y jazz. Hasta hoy, que me he quitado el premium y me he desinstalado la app del móvil.

Objetivo: un año de radio

Llevo tiempo pensando que Spotify es como tener una biblioteca siempre a tu disposición con todo lo que quieras escuchar, pero que al final siempre terminas escuchando lo mismo. Y así no creces, no descubres y en cierta forma dejas de valorar la música. Cada canción es un pequeño producto intelectual, mimado, cuidado y creado por alguien que ha puesto mucho de sí en ella.

Sin embargo, a medida que el arte y la cultura se vuelven más accesibles y bajo suscripción, se comoditizan y pierden valor. Algo así como el papel higiénico: hace 50 años era un lujo, hoy sólo te acuerdas cuando te falta. Con la música está pasando algo parecido, la damos por supuesto y reaccionamos con dos estrategias, o bien escuchamos siempre lo mismo, lo que nos gusta y tenemos guardado en mil listas; o bien buscamos con avidez que nos sorprendan cada semana con algo nuevo y que nos guste, es una frustración asegurada.

Me gustaría volver al descubrimiento, a aquella época que oías una canción y te tirabas días pensando que era un tesoro. Una canción que te llevaba de la mano hasta descubrir el disco entero y transformarlo en una historia con unidad narrativa. No me monto películas, sé que la industria ahora se mueve más por hits que por discos completos, pero aún así me apetece hacer este experimento.

Como aliados en este año tengo las apps de Radio 3, la de RNE, NPR y BBC, además de Ivoox para todos mis podcasts favoritos: Músicas posibles, Sonideros, Duendeando, La hora de Bach o Club de Jazz (además de todos los podcasts que no son de música).

Tengo varias preguntas de partida:

  • ¿Descubriré más música nueva?
  • ¿En qué momentos echaré de menos Spotify, Youtube o Apple Music?
  • ¿Habrá un cambio de percepción o volveré a Spotify usándolo igual que hoy?

Ya he puesto una notificación para el 16 de mayo de 2020.

Me encantan este tipo de experimentos porque me plantean muchas preguntas a medida que se desarrollan y son excusas perfectas para debatir con la gente que tengo cerca. ¿Hemos dejado de valorar la música? ¿Cuánto pagábamos antes y cuánto estamos dispuestos a pagar ahora? ¿Es cierto que lo que se deprecia, se deja de valorar? ¿Qué futuro tiene la industria si no estamos dispuestos a pagar por ella? ¿Por qué debería un artista seguir creando si en la mayoría de los casos no se le va a reconocer más allá de la novedad y no se va a poder pagar las facturas?

Libros recomendados sobre música y suscripciones.

Para los que quieran seguir buceando en el tema, Contra tiene publicada una investigación de 4 años llevada a cabo por un periodista (Stephen Witt) sobre cómo dejamos de pagar por la música. Es ameno, se aprende y hace que el lector se cuestione su responsabilidad en la producción cultural.

La otra recomendación es un libro que aún no me he leído y tengo pendiente. Me lo han recomendado varias personas que trabajan en la industria digital, ya está añadido a mi lista de próximas lecturas. Se trata de Suscribed, un ensayo sobre la economía de las experiencias y los servicios de tarifa plana. ¿Hemos transformado la cultura en un servicio de «Tarifa Plana»?

Las castas del Primavera Sound

De todos los festivales en los que he estado (que sinceramente tampoco son tantos, Sónar, Lev, Villa Manuela, algún SOS, un Club to club, algún Pitchfork y otro Summercase) el Primavera es sin duda el mejor. Es un universo paralelo en el que se puede entrar poco a poco con los conciertos en la ciudad, para entrar de lleno según arrancan los eventos del PRO.

Han conseguido transformar una colección de conciertos en ese OZ en el que ausentarse de la realidad y centrarse en los sentidos. Además, para los que no somos de costa como me pasa a mí, nos sorprende poder estar viendo a esos tíos con cuya música has crecido mientras sale una luna espectacular sobre el mar (el escenario de Ray Ban es de mis preferidos).

Y este reino tiene su propia organización, sus protocolos no escritos y una estructura de clases bien definidas y marcadas por las pulseras de acceso.

Antes, la gente ya se sentía especial sólo por poder ir al Primavera y llevar orgulloso la pulsera del abono los 4 días. Ibas por la calle mirando al resto por encima del hombro, «lo que se están perdiendo» y buscabas en el metro camino del Forum, la gente que la llevaba igual que tú: «sois de los míos».

Pero en los últimos años han aparecido más clases. Ahora eres pase de un día, abono completo, Abono PRO, VIP o con suerte para unos pocos, Backstage.

¿Qué diferencia hay para unos y otros? Ser un noble, de la realeza quizá o ser un plebeyo, y sentirlo en varias ocasiones a lo largo del día. Porque ser VIP es sentirse un poco más especial que los demás.

Te saltas colas, tienes áreas reservadas, comida especial y birras más baratas, localización especial para ver el escenario Primavera, acceso a casi todo y en suma sentirse el puto amo durante los tres días intensos que dura este tinglao.

Eres Alicia paseando de maravilla en maravilla con un vaso de cerveza en la mano y tu pulsera en el otro.

Y todos los años es igual, la gente puede que suba o no fotos de los conciertos, de las puestas de sol sobre los escenarios, del interior del Auditori o de las letras míticas de bienvenida a la entrada, pero lo que seguro que sí va a subir a las redes va a ser su foto de la pulsera.

«Otro año aquí»

«Todo a punto»

«Arrancando el PS2017»

«One more time»

No es sólo música, la gente no lo siente así. Ir al Primavera, sobre todo si vas varias años de tu vida, es un rasgo que determina quién eres. Le dices al mundo que la música es importante para ti, que te define, que te gusta el rock, el indie o el metal. Que sabes mucho de los grupos que van (cosa que en mi caso es absolutamente falso. Mi estrategia es pegarme a los dos colegas que más saben del tema, dejarme llevar y aprender. Por cierto, gracias Arantxa y Kamu).

Es una forma de distinguirse de los demás.

Pero cuando un festival se vuelve tan mainstream que casi todo el mundo de tu edad ha pasado alguna vez por él, cómo te distingues de la mayoría?

  • En el número de veces que has ido y te has mantenido fiel. Todos los años invariablemente, me encuentro en alguna conversación en la que los colegas cuentan los años en los que han estado, lo que vieron y lo buena que fue aquella cosecha musical.
  • El número de veces que has visto antes a un grupo que viene. Shellac no cuenta porque son incondicionales, pero siempre están por ahí los Thee oh sees, los Swans y alguno más. Si puedes recordar en qué PS o en qué otro festival los viste antes de este año, has ganado puntos entre tus pares.
  • El Abono.

El abono es la clave, porque los pro, los vips o los backstage, te darán la oportunidad de disfrutar de experiencias a las que el resto no habrá podido tener acceso. O de los conciertos ocultos que se dan cita en el Backstage y que están reservados a la cream de la cream del festival (artistas, gente de la industria, promotores y alguna amiga panoli que le ha caído de regalo anticipado de cumpleaños).

Y contar que estuviste ahí y el resto no, es lo que te hace sentir diferente.

(Conste que puedo estar más o menos de acuerdo con esto, pero la naturaleza humana tiene estos quiebros y el marketing funciona casi siempre).

Todos queremos ser diferentes, subir la foto de que estamos AQUI, en el PS, nos hace sentir que estamos donde está todo el mundo. Donde hay que estar si quieres definirte con determinadas características de identidad y si quieres ser parte de determinados círculos.

A mi me recuerda un poco a los tatuajes de los Jacuzza, o a los signos identificativos de las tribus. «Esta es mi gente, esta es mi tribu». Sólo que si subes la foto del abono VIP, no sólo eres de la tribu. Eres de los que cortan el bacalao.

 

 

 

 

 

 

 

Una amiga estos días decía en Facebook que estaba harta de que la gente no hablase de la música, y que sólo subiese fotos de sus pulseras VIP. No están fardando (o quizá si) pero desde el punto de vista antropológico, le están diciendo al mundo en qué posición social están dentro de este reino que sólo dura tres días pero con el que mucha gente tiene tema de conversación durante todo el año.