12 fotos

George estuvo en Burkina Faso hace 22 años, como parte de su doctorado sobre religiones primitivas y el culto a entidades animistas. Cada vez que hablaba de ello se le iluminaban los ojos, aquellos 36 días tenían significado propio en su vida. Por lo que contó, parecía que había sido distinto a cualquier otro viaje que hubiera hecho, o que fuera a hacer.

No había móviles y solo se había llevado una cámara desechable con 12 fotos. Quería solo las indispensables. Evitar la locura de otros viajes dónde había estado más pendiente del encuadre que de lo que estaba pasando. Consiguió 12 fotos increíbles. Una en un bar lleno de trabajadores dónde animó a todo el mundo a posar, otra con docenas de mujeres lavando la ropa y con críos a cuestas… y su favorita: la de una boda tradicional, con la novia sonriendo rodeada por toda la familia del novio y la fiesta en el poblado. Le había costado que le dejasen participar, era el único occidental.

Consiguió revelarlas en el hotel pero George nunca llegó a ver las 12 fotos. Se extraviaron el último día de su viaje.

Me lo contaba ayer en un bar de Lavapiés, con la mano frustrada en el aire y un gesto de dolor tras las gafas.

-You know what? Every time you tell the story people imagine those photos, every small detail, every face, every color… they feel your loss. And that man, it’s amazing.

Sala club

Antes solo había un puñado de señores de traje con maletines de cuero, corbatas, camisa y zapatos brillantes. Ahora está siempre atestada de gente, con una larga cola esperando a la puerta. La decoración no ha cambiado; mesas de cristal templado, sillones de polipiel oscuro, percheros minimalistas. Lo que ha cambiado es la gente. Alguna corbata aislada, mayoría de camisetas, mochilas y zapatillas.

Quizá cuando la abrieron no sabían que estaban democratizando las distancias. Que Valencia sería todavía más la playa de Madrid, que Barcelona estaba a unas estaciones de metro de Sol y que Granada era la siguiente parada después del Prado.

Mirarse en la cara de enfrente es ver el madrugón de la mañana, el café malo del vagón cafetería, las tres reuniones y esa forma de mirar ausente como de viajar sin darse cuenta.

Es viernes. Si te quedas lo suficiente en la Sala Club de Atocha puedes ver las olas y la marea. Se llena con 50 personas todas de pie arrastrando la maleta y 15 minutos  después queda en calma.

«Próximo tren con destino Barcelona-Figueres se encuentra estacionado en vía 2».

 

Carnet – historias de Madrid

-(…) para poder usar la sala de estudio necesitará el carnet de la biblioteca. ¿Lo lleva consigo? Bueno pues deme el DNI. Antes las municipales y las de la Comunidad eran distintas, pero ahora están todas bajo la Comunidad de Madrid, así que ya no necesita tener los dos, con un carnet puede acceder a todas. Aquí está, Patricia Salgado Pérez, ah sí Peláez. Espere que le doy el carnet físico y se lo lleva ya para la reserva de la sala. Un momentito. Aquí está, ¿sabe cómo funciona?

 

 

bibliotecas.