Un año de radio

Tengo Spotify desde 2008. Me pasaron una invitación estando de Erasmus en Suecia y me enamoré de tanto indie sueco, funk y jazz. Hasta hoy, que me he quitado el premium y me he desinstalado la app del móvil.

Objetivo: un año de radio

Llevo tiempo pensando que Spotify es como tener una biblioteca siempre a tu disposición con todo lo que quieras escuchar, pero que al final siempre terminas escuchando lo mismo. Y así no creces, no descubres y en cierta forma dejas de valorar la música. Cada canción es un pequeño producto intelectual, mimado, cuidado y creado por alguien que ha puesto mucho de sí en ella.

Sin embargo, a medida que el arte y la cultura se vuelven más accesibles y bajo suscripción, se comoditizan y pierden valor. Algo así como el papel higiénico: hace 50 años era un lujo, hoy sólo te acuerdas cuando te falta. Con la música está pasando algo parecido, la damos por supuesto y reaccionamos con dos estrategias, o bien escuchamos siempre lo mismo, lo que nos gusta y tenemos guardado en mil listas; o bien buscamos con avidez que nos sorprendan cada semana con algo nuevo y que nos guste, es una frustración asegurada.

Me gustaría volver al descubrimiento, a aquella época que oías una canción y te tirabas días pensando que era un tesoro. Una canción que te llevaba de la mano hasta descubrir el disco entero y transformarlo en una historia con unidad narrativa. No me monto películas, sé que la industria ahora se mueve más por hits que por discos completos, pero aún así me apetece hacer este experimento.

Como aliados en este año tengo las apps de Radio 3, la de RNE, NPR y BBC, además de Ivoox para todos mis podcasts favoritos: Músicas posibles, Sonideros, Duendeando, La hora de Bach o Club de Jazz (además de todos los podcasts que no son de música).

Tengo varias preguntas de partida:

  • ¿Descubriré más música nueva?
  • ¿En qué momentos echaré de menos Spotify, Youtube o Apple Music?
  • ¿Habrá un cambio de percepción o volveré a Spotify usándolo igual que hoy?

Ya he puesto una notificación para el 16 de mayo de 2020.

Me encantan este tipo de experimentos porque me plantean muchas preguntas a medida que se desarrollan y son excusas perfectas para debatir con la gente que tengo cerca. ¿Hemos dejado de valorar la música? ¿Cuánto pagábamos antes y cuánto estamos dispuestos a pagar ahora? ¿Es cierto que lo que se deprecia, se deja de valorar? ¿Qué futuro tiene la industria si no estamos dispuestos a pagar por ella? ¿Por qué debería un artista seguir creando si en la mayoría de los casos no se le va a reconocer más allá de la novedad y no se va a poder pagar las facturas?

Libros recomendados sobre música y suscripciones.

Para los que quieran seguir buceando en el tema, Contra tiene publicada una investigación de 4 años llevada a cabo por un periodista (Stephen Witt) sobre cómo dejamos de pagar por la música. Es ameno, se aprende y hace que el lector se cuestione su responsabilidad en la producción cultural.

La otra recomendación es un libro que aún no me he leído y tengo pendiente. Me lo han recomendado varias personas que trabajan en la industria digital, ya está añadido a mi lista de próximas lecturas. Se trata de Suscribed, un ensayo sobre la economía de las experiencias y los servicios de tarifa plana. ¿Hemos transformado la cultura en un servicio de «Tarifa Plana»?

Sin drogas de supermercado: conclusiones (¿?)

No tengo conclusiones, solo muchas más preguntas.

¿Por qué es omnipresente el azúcar? Tomate frito, pan blanco, embutido…todo tiene azúcar si le damos la vuelta al envase y miramos los ingredientes. ¿Por qué?

¿Por qué la sociedad está cada vez más obesa y más enferma? ¿Cómo podemos culpar a las personas de no tener fuerza de voluntad y hacerlos sentirse deprimidos y fracasados por el peso?; cuando la comida basura está en todas partes? cuando todos los anuncios, películas y productos del supermercado potencian comer mal? cuando las farmacéuticas se enriquecen gracias a las diabetes, colesterol y enfermedades coronarias?

¿Cómo de conectado está el cáncer con la mala alimentación?

Mi lista de preguntas sigue. El experimento sólo ha sido una excusa para reflexionar sobre la comida. El café y el alcohol probablemente son de las sustancias menos malas que incluía el experimento, frente al azúcar, la coca cola, la bollería y los alimentos procesados en general.

Pero más que el experimento, que solo ha sido una prueba de fuerza de voluntad y de modificación de pequeños hábitos; lo que realmente ma he hecho reflexionar son los documentales que estoy viendo, y son unos cuantos:

Mis reflexiones sólo están al principio. El experimento ha terminado y he vuelto al café y al alcohol (el resto ha quedado descartado de mi dieta), pero esto no ha hecho más que empezar… Tengo dos puntos de partida que voy a seguir investigando y pensando sobre ellos:

1. Comer es un acto político

Todo está conectado, la economía, la polución, la cultura, el sistema sanitario, la explotación de cultivos, el precio de un tomate… Lo que nos llevamos a la boca tiene consecuencias sobre nuestro cuerpo y el mundo que nos rodea. Cada visita al supermercado es un pequeño efecto mariposa; con implicaciones mucho más profundas que a quién votamos cada 4 años.

2. ¿Qué es «comer bien»? Comer es cultura

Marvin Harris tiene dos libros que reflexiona sobre la alimentación desde el punto de vista antropológico: Bueno para comer y Vacas, cerdos, guerras y brujas. Explican porqué en unas sociedades se comen insectos y en otras no se prueba la ternera o el cerdo. Las creencias marcan nuestra alimentación.

¿Qué creencias tenemos en la sociedad occidental para envenenarnos lentamente con comida basura? Proteínas animales, leche, queso, fritos, cantidades que no nos caben en el estómago, sal y azúcar por kilos, procesados que no tienen nada de comida… ¿a qué dioses estamos adorando?

Re-pensando en ello.

 

 

 

 

 

 

 

Sin drogas de supermercado

Hoy hace 16 días que no me meto un montón de drogas que son legales y que están en todos los supermercados de España:

  • Chocolate
  • Coca cola
  • Café
  • Azúcar
  • Alcohol
  • Bollería

Las razones son las de siempre, explorar, entender, reflexionar de un tema durante un tiempo concreto y debatir con mi círculo cercano las implicaciones del experimento.

Estoy aprovechando estos días para leer mucho sobre los efectos del azúcar o el café y a ver varios documentales relacionados con la alimentación, entre ellos Forks over knives, disponible en Netflix. Todavía estoy sacando conclusiones de todo esto. No considero que coma mal, más bien todo lo contrario: abunda la fruta, las legumbres y los frutos secos en mi dieta. Los lácteos se han ido reduciendo con los años y en casa compro poca carne y pescado. Y sin embargo sigo siendo creyente de la religión de las cañas, de la celebración del vino, del chocolate como la mejor medicina para la menstruación y los días tristes; y del café como el ritual mañanero que más protejo en soledad.

Primeros descubrimientos

Adicción

Los 5 primeros días fue una tortura no tomar café por las mañanas, una sensación de vacío inmensa que no se llena con todos los tés del mundo. La vida se vuelve más sosa, insípida. Falta el chute de energía. Te pones en marcha porque no queda otra, pero estás deseando enchufarte 4 tazas en vena.

Las cosas que producen esa adicción deberíamos mirarlas con recelo.

La coca cola ha sido más fácil, pero a algunas comidas les ha faltado «chispa». Me cuesta comerme una hamburguesa o un sushi sin coca cola, es como el ketchup o el jengibre, como Fred sin Ginger. Te quedas a medias y piensas que la vida ha estado a un casi, de ser mejor.

Sin escapatoria

Una de las cosas que me ha sorprendido es mirar los envases y ver que TODO tiene azúcar. El tomate frito, los cereales, la leche de avena…y un largo etcétera.

Comer sano de verdad supone ser muy consciente de lo que compras, cocinas y te llevas a la boca.

A los 3 días del experimento estuve a punto de pedir un arroz con leche hasta que mi colega Carmen me recordó que son bombas de azúcar. Esta semana en Suecia compré unos cereales tipo muesli muy pintones, me los eché en la leche y ahí se quedaron, mi colega Erik releyendo los ingredientes me dijo que sí llevaban azúcar (moreno). Yo no había reconocido la palabra en sueco y los había echado muy alegremente en el carro pensando que eran más sanos que la sauna.

La única escapatoria real del azúcar es comer cosas sin procesar, verduras, fruta y cereales del frutero a la mesa.

Salud

No me siento más «sana» y tampoco he notado el super cutis que dicen que se te queda si quitas el café de la dieta, pero sí tengo claros dos efectos del experimento:

  1. El nivel de energía durante el día ya no es una montaña rusa de subidas y bajadas. Te levantas con energía moderada y la mantienes todo el día más o menos igual. Hasta las 21:30 cuando yo me empiezo a apagar lentamente. Por la noche no duermo ni mejor ni peor, pero no necesito echarme una siesta a mediodía.
  2. No he tenido sensación de acidez ni de estómago pesado. Algo que me pasaba a veces antes del experimento.

Sigo pesando más o menos lo mismo, la diferencia de un kilo abajo me parece poca para que sea significativa en mi autoinvestigación. Voy a seguir registrando pensamientos, sensaciones y rutinas durante los días que quedan por si después de la tercera semana hay algún otro efecto.

Humor y alternativas

Ir a un bar y pedirse un agua con gas es para reírse, sobre todo si tus colegas consideran «las cañas» como una liturgia social muy tuya. Pero si no puedes beber azúcar ni alcohol hay pocas alternativas, hasta el mosto y los zumos llevan azúcar añadido. No sé cómo se las apañan los diabéticos.

Pero lo peor/mejor es el efecto que tienen tus 30 días de privaciones sobre otras personas. Tus amigos empiezan a reflexionar sobre la cantidad de alcohol o coca cola que beben y entonan el «mea culpa», tu chico deja a un lado el Montsant que tanto le gusta y bebe agua en la cena por no beber solo; y la familia te hace bromas por las cosas que se te ocurren, mientras miran con disimulo si la mahonesa que se han echado lleva azúcar.

Comer limpio

Hace unos años me leí el libro de la Antidieta (Fit for life) me gustó mucho, decía algunas cosas radicales como disociar hidratos de proteínas, eliminar el azúcar y los lácteos, el café y el alcohol, etc. Está basada en los principios de la Ortopatia, la higiene natural. Lo que ahora se llama «comer limpio» y ha empezado a resonar en muchos libros de alimentación para evitar el cáncer y otras enfermedades. Los principios no son nuevos, pero su popularidad sí lo es. La salud se ha transformado en la línea divisoria que separa a los pobres de los ricos. Ni siquiera la educación juega ese papel.

Hace 11 años me pareció que los suecos estaban locos, estaba todo lleno de gimnasios y centros deportivos, parecían adictos. Hoy mi barrio en Barcelona tiene casi tantos gimnasios como farmacias y la verdad, no me parece mal.

Pero hablándolo con otros colegas sociólogos, hay algo que nos chirría. Desde un punto de vista social interesa que la gente esté sana, pero desde un punto de vista macroeconómico las enfermedades crónicas como la obesidad, son mucho más rentables que estar sano.

¿Los que se enriquecen con los anuncios de helados, con las cadenas de gimnasios y los seguros privados, no serán los mismos?

 

Sin drogas de supermercado, experimento

 

#MisVecinosyYo: La quedada

Hace unos días se me ocurrió poner una nota en el ascensor preguntando a los vecinos si querían que quedásemos para conocernos. No las tenía todas conmigo; gente que lleva viviendo años puerta con puerta y casi no se saluda en la escalera, ¿por qué iban a querer quedar para tomarnos algo y conocernos?

Aún así me armé con un folio, el celo y el rotulador; y puse la nota. A los pocos días había un montón marcas diciendo que la gente se apuntaba a que nos viéramos hoy día 28. Acabo de volver de la quedada y estoy flipando.

Ha bajado todo el mundo, menos Rosita, la veterana de 82 años. La señora que más tiempo lleva en el edificio, está pasando unos días con su hijo en los Pirineos. El resto estaban, incluso una pareja de chicos que se mudaron ayer justo debajo de mi casa, ocupando el piso de Emilia.

Hoy he descubierto que en mi edificio hay 3 abogados, 5 maestros, 3 informáticos, 2 perros y una niña: Martina, que también se ha venido a la quedada.

Nos hemos presentado por turnos y cuando nos hemos quedado callados, de repente ha pasado la magia y se han puesto a hablar todos: del frío que hace, de la calefacción, de la puerta del portal que no cierra bien, del cartero que el pobre no se entera, del patio de atrás, que antes era de la editorial Bruguera… Incluso una vecina ha encontrado una foto del edificio de los años 30, cuando la calle aún estaba sin asfaltar.

 

La gente se ha pedido un vino y ha empezado a intercambiar consejos del barrio, de la frutería buena, de la Nova Fontana, que es una pizzería detrás de casa, del Tailandés de la esquina y de lo buen barrio que es. Somos la zona pobre de la zona rica.

Al segundo vino ya ha salido una propuesta de los del principal para hacer una barbacoa en el terrado. Creo que la cosa se ha venido un poco arriba, pero la idea ha calado. De momento nos hemos dado los teléfonos, por si hubiera un robo, una avería, o un paquete de Amazon que necesita dejarse en algún sitio, y no hay nadie en casa.

Para mí el experimento ha sido un exitazo. La idea no fue mía, fue de Clara, mi vecina, que comentó que estaría bien conocernos todos. Yo sólo puse una nota en el ascensor, tengo cero mérito.

Lo interesante han sido los espectadores. He ido subiendo todo el proceso a Instagram en forma de stories, y los mensajes directos se han disparado. A todo el mundo le parecía una idea genial, gente que me decía que quería ver cómo acababa. Esa parte de nuestro cerebro humano, curioso, aventurero y hambriento por aprender cosas nuevas, se había interesado por ver cómo acababa todo esto. Gracias a todos por el interés y por vuestros mensajes (lo ha hecho incluso más divertido).

En realidad no ha sido más que una quedada de vecinos. Si nos sorprende tanto es porque estamos perdiendo algo muy valioso, quizá nuestra capacidad para interactuar con otros seres humanos.

(…)

PD ¡Sigamos experimentando!

Experimento: #MisVecinosyYo

Este verano se murió la vecina que vivía justo debajo de mi piso, Emilia. Murió sola, y no nos enteramos en el resto del edificio hasta semanas después de que la hubieran enterrado. En el buzón siguen sus cartas, cada vez más lleno de publicidad, hasta que alguien de la inmobiliaria lo vacíe antes de enseñar el piso a nuevos inquilinos.

Cuando me enteré me tuvo varios días meditabunda. En estos años, cada vez que me encontraba a Emi (Emilia) en el ascensor o en el portal, me asaltaba el pensamiento de que quizá yo podría acabar así, viviendo sola en un piso vacío.

Lo de Emi me lo contó mi vecina Clara, que es más maja que las pesetas. Una maestra de escuela de pueblo que se mudó aquí un año antes que yo. Las dos comentamos que estaría bien conocer al resto de vecinos, estar más conectados, hacer un poco más de piña. No hace falta que nos hagamos amigos cercanos, pero sí conocernos y ver cómo podemos hacer el edificio un sitio más humano.

Hará cosa de un mes se mudaron María y su familia a la puerta de al lado, y Alba y su chico dos pisos más abajo. ¿Por qué me sé los nombres? Porque un día ambas me abordaron en el portal para preguntarme por el barrio… En ambos casos estaban tomando la decisión de si alquilar o no, y agradecieron que alguien fuera amable.

Así que ahora somos unos cuantos vecinos que llevamos años en el edificio de fachada de cuento, y otros pocos que acaban de llegar. Y en este punto de la historia, se me ha ocurrido un experimento, parto de la duda y la incógnita.

En un edificio de gente que lleva años viviendo puerta con puerta, pero no se saben los nombres… ¿Querrán quedar para conocerse?

Esto tiene más de «First Dates» que de experimentos sociales a lo Bandura y Festinger, pero por experimentar que no quede.

El domingo llevé a cabo la Fase 1: Preguntar.

Mensaje en el ascensor. Fase 1: Preguntar si alguien se anima a quedar para conocernos.

Veremos cómo sigue esto…