La mujer planta

No sé qué hace aún en la cama, si son las 8:20. Ah, ahí está. Ay amor, menuda cara de sueño que me traes. Mira que te dije ayer que te fueras a acostar, pero nada tú dale que dale a las maquetas. Aunque claro, tampoco creo que me pudieses oír. ¿Has dormido bien? Te haría el zumo pero ya sabes. ¿Es que a quién se le ocurre? ¡Pero tú te crees, echar las cenizas en una planta! «Para tenerte cerca» mira que me rompí por dentro, pero ¿no podías haber hecho como la Rosita con su marido y esparcirme por el mar o por el campo? No, tú tenías que ser el señor original y ponerme en una planta. En fin, al menos no tengo pulgones. Sí sí, ponte a trabajar que así te pierdo de vista un rato, que me tienes contenta.

Ay, qué solecito más rico entra a estas horas. Ay amor, ya has acabado, claro, son las 17:00, ¿vas a poner jazz? Me encanta que me pongas jazz así, mientras me da el sol. ¿Hoy toca flus flus de agua? Sí, hoy parece que toca, ahí lo traes en la mano. Si yo te dijera que esto es lo más parecido a recordar cómo era hacer el amor. Cipriano el teléfono, ¿no lo oyes? Sí, claro que está sonando, ve.

No me mires así, ahí sentado con cara triste. Por favor que no sea una de esas tardes en las que te encoges en el sofá. ¡Sal a la calle! ¿No te das cuenta de lo que te estás perdiendo? ¡Camina! Ponte el abrigo. No te quedes otra tarde aquí llorando por favor, ya no sé cómo consolarte. Sí amor, yo también te echo de menos, pero aunque siga aquí ya no estoy. Ni siquiera sé por qué sigo aquí, en esta planta. Yo que pensaba que me iba al cielo con mi madre y con mi abuela o a lo menos a otra vida, como decía mi tío Javi el que era budista. Bueno, a lo mejor la planta es una vida pero sería más fácil si no me acordase de nada y no te tuviera tan cerquita aún.

Debí pedir entierro en lugar de cremación. Así al menos Cipriano me tendría en un sitio al que hay que ir en lugar de estar aquí, en esta maceta, viéndole cada día y sintiendo esta casa que aún es la mía.

Bueno, ya. Ale, no tienes leche, anda baja a la calle. Y no le digas al hijo de los vecinos que vaya él. Te funcionan las piernas y te viene bien salir. Eso, Cipriano la basura, que huele. A este paso el pescado de ayer te baila una samba.

Inspiración: Continuing Conversation about Continuing Bonds, La religió sobre el terreny: retard de la mort social a través dels rituals de visita a les tombes, Cinco horas con Mario.

Religiosidad primitiva

Hoy estaba comiendo con unos amigos a los que hacía mucho que no veía. Hemos empezado hablando de trabajo, pero en algún momento de la conversación hemos pasado a hablar de esto de la religión y de lo que significaba para cada uno. Los tres coincidíamos en esa búsqueda de la trascedencia, de la espiritualidad, pero también en ese rechazo a la religión (a cualquiera de ellas) por sentirlas ajenas o demasiado fuera de nuestros contextos cotidianos. Ir a misa, creer en un ser superior, repasar la vida de Jesús o seguir la Semana Santa. Son prácticas muy respetables pero que se alejan mucho del día a día.

Sin embargo, todo lo que estoy leyendo últimamente, viviendo o experimentando, me hace pensar que hay otras formas de religiosidad más intuitivas y espontáneas que nos salen a todos de manera más natural y que están ahí, en nuestras vidas, de una forma innegable.

Hablar con los que ya no están.

Antes de que las grandes religiones existieran ya éramos espirituales. Un poco por nuestro miedo a la muerte: el miedo a que lo que amamos y nosotros mismos desaparezca por completo, y otro poco por esa necesidad humana de encontrar una explicación elevada que nos ayude a dar significado a nuestra existencia.

Dicen Eric Venbrux y Anne Jkaersgaard que una de las formas más primitivas de religiosidad es hablar con nuestros muertos: padres, abuelos, amigos. Hablar con alguien que ya no está fisicamente es en sí mismo una forma de religiosidad. Mi madre dice que habla con mi bisabuela Casilda todo el tiempo, que le consulta cosas o se acuerda de su fuerza para tirar de la familia, que la inspira mucho. Me pareció muy bonito cuando me lo contó porque yo tengo una foto de mis bisabuelos al lado de mi cama; salen juntos tomando el sol un día de verano, y reconozco que también hablo a veces con esa mujer que fue tan fuerte y tan carismática dentro de la familia.

Dar las gracias.

Hace poco nació mi segundo sobrino. Un ceporro de 4,5kg. Fue un parto bastante difícil y muy agotador para los padres en medio de un contexto sanitario de Covid. Recuerdo las conversaciones de Whatsapp con la familia repartida en tres ciudades, sin poder viajar ni poder estar ni presentes, ni juntos.

Cuando nos dijeron que después de casi 26 horas todo había ido bien y que mi cuñada y mi sobrino estaban ya en planta descansando, todos dimos las gracias. No sé muy bien a quién o a qué pero el alivio general tomó forma de gratitud hacia algo más grande, quizá el Universo. Me pareció curioso, ¿qué más le dará a Marte, a la luna, o al asteroide Itokawa, que haya nacido bien un niño en un planeta pequeñito de la Vía Láctea? Y sin embargo ahí está la gratitud. Aparece siempre en situaciones tan importantes para nosotros como la vida, la muerte o la fuerza de los vínculos. La gratitud tiene algo de trascendente que no sabemos explicar y que va más allá de lo que puede abarcar nuestra conducta individual o colectiva.

«Las acciones de gracias están presentes en casi todas las culturas.»

Wikipedia.

Navidades, solsticios y años nuevos.

«Como San Juan pero en invierno» así lo definía una de los amigos hoy en la comida y quizá sea justo eso. ¿Por qué un país que se define laico gasta tantas energías en planificar cómo celebrar la Navidad? O quizá la pregunta más precisa sea ¿qué estamos celebrando realmente en Navidad? Juntarse con la familia, decorar la casa y la ciudad, comer juntos, intercambiar regalos… ¿son sólo parte de la tradición o hay algo más profundo y significativo detrás? Algo que se acaba, algo que empieza, llenar de luz el día más oscuro y hacerlo en comunidad. Un ritual anual que es en sí mismo una forma de comunicación y que refuerza los vínculos con las personas con las que lo celebramos, ya sea Navidad, cualquiera de los dos solsticios o las formas de año nuevo que se celebran en cada cultura. La celebración ya estaba ahí antes de que llegaran el cristianismo, el judaísmo o el islam. Subyace en la profundidad de la psicología social como otra expresión más de esa religiosidad primitiva.

Esta Navidad va a estar cargada de trascendencia, tanto si queremos como si no. En las mesas de muchas familias en todo el mundo se va a poner un plato menos, se va a dar las gracias por estar juntos a pesar de todo, y se va a celebrar que algo acaba, que algo empieza y que se llena de luz un momento muy oscuro.

Quizá esta religiosidad primitiva sea más palpable ahora, cuando las instituciones religiosas han perdido relevancia, y en un momento histórico en el que necesitamos alivio emocional profundo.

Como reflexión personal lo dejo por el momento aquí.