Los sueños de las otras

Guillém revolvía su café distraído mientras esperaba sentado junto a la cristalera del bar. Cuando empezó a sorber el café ya casi frío se sentó junto a él Fernando.

-¿Qué pasa tío? Antes me llamabas para tomar cañas. Está claro que nos estamos haciendo mayores -dijo entre risas-. Disculpa, ¿me traerías un café con leche? (…) No, nada más gracias. -volvió la mirada a su amigo- Bueno, ¿y de qué se trata? Desembucha, ¿cuál es esa teoría misteriosa que me quieres contar? ¿No será otra treta para dejar el equipo de futbito?

-No, no. Es otra historia que me está dando vueltas y quería hablarlo contigo. Quizás si tú me dices que es una cosa absurda deje de darle vueltas a la cabeza. Es sobre una paciente.

-Estaba claro que la cosa iba de mujeres- Fernando volvió a reírse y estiró las piernas bajo la mesa-.

-A ver, que la señora en cuestión tiene 63 años y se está recuperando de un infarto cerebral.- respondió Guillém-

-Vale, vale, lo pillo. ¿Y está bien? ¿Se está recuperando y eso?

-Sí, aparentemente sí. Todas las pruebas parecen positivas y físicamente está bien. Ya ha vuelto a hacer vida normal. La salud no es el problema, el problema son los sueños que está teniendo.

-Tío te has equivocado de amigo, haber llamado a un psicólogo y no a un físico. Lo mío son los Kaluza-Klein y no los Freud y los Jung.

-Dame dos minutos y te lo explico.

-Como que te conozco, que esto va a durar más de dos minutos. -levantó la mano- Disculpa ¿me traerías otro café? y perdona ¿me traerías también un croissant? Paga mi amigo. -volviendo a Guillém- vale, ya puedes darle caña.

-La historia es que la paciente no ha vuelto a dormir como antes desde su infarto. En la primera revisión me contó que tenía sueños muy extraños que la inquietaban. No le di demasiada importancia, pensé que era por el miedo a recaer y la despaché rápido porque tenía una cirugía justo después. Le receté unas pastillas para dormir y le dije que nos veríamos en la siguiente consulta.

-A ha- dijo Fernando con la mitad del croissant en la boca-.

-Pero volvió a mi consulta 3 días después aterrada porque las pastillas la hacían tener sueños más profundos y no sabía cómo despertarse. Me costó tranquilizarla, al principio no entendía nada. Así que le pedí que me contase despacio cómo se quedaba dormida y con qué soñaba. Me dijo que soñaba «con las otras».

-¿Qué otras?-dijo Fernando con interés-.

-Pues se ve que la paciente sueña que es ella misma pero en otras vidas. A veces dice que durante una noche puede estar en la vida de otra ella, pero que otras el sueño le va llevando a varias vidas distintas. En una me contó que su padre no había fallecido y que seguía viéndole en la residencia, en otra que ella se había quedado viuda a los 30 y había tenido que sacar adelante a sus hijos sola, no sé cosas así. Como si en cada sueño fuera ella pero bajo circunstancias distintas.

-No soy experto en sueños ni en psicología, ¿pero no será que echa de menos a su padre y que le sobra el marido?

-Pues eso pensaba yo también hasta que me dijo que en todos los sueños es el mismo día en el que se ha ido a dormir.

-¿Cómo? No entiendo.

-Se tomó las pastillas 3 noches antes de venir a verme. El 5,6 y 7 de noviembre. Pues dice que en los sueños del 5 las cosas que le pasaban en sus diferentes «vidas» ocurrían el 5 de noviembre. Y al día siguiente es como si hubiera pasado un día.

-Vale, pero si estaba durmiendo ¿cómo sabe qué día era en sus sueños? Normalmente nadie se acuerda de nada o si lo hace son cosas inconexas.

-Esa es la cuestión. Ella dice que estaba dormida, pero «las otras» no. Dice que parecía que se hubiera colado en sus vidas. Y sabía qué día era porque recordaba haber visto un trozo de telediario, por cierto en uno dice que salía Kennedy de viejo, o un programa de radio en el que dicen el día que es o que recuerda a una de las otras mirando la agenda.

-Está claro que es una señora muy creativa y parece que tiene unos sueños de lo más interesantes, pero no veo muy bien qué tienen que ver conmigo.

-No estoy seguro de que sea un problema neuronal o psicológico.

-Explícate.

-Estuve mirando en su historial y parece todo normal, por descartar hice unas búsquedas en la base de datos internacional del hospital. Y encontré al menos dos casos similares. Uno en 1956 de un niño alemán de 8 años. Se cayó de la escalera mientras ayudaba a su padre en el tejado. Estuvo casi una semana en coma cerebral, cuando despertó dijo que había vivido cada uno de esos días en la vida de «sus otros yo»: yendo al colegio, jugando, e incluso ayudando a su padre con el tejado en otra casa parecida a la suya, pero volvió a soñar normal tras salir del coma. El otro caso es más antiguo y hay menos datos, un francés de 27 sirviendo en el frente del Somme en la Primera Guerra Mundial. Le explotó una granada cerca de la cabeza mientras dormía. Después de eso dijo que cada noche soñaba con muchos de «sus otros yo», en alguna de esas vidas no había guerra o había acabado, pero en otras la guerra continuaba aunque con otros enemigos o él estaba en otro bando. El médico que lo registró quiso darle la baja pero sus superiores no se lo permitieron, aún no se entendía lo que era el estrés postraumático. Lo mandaron de nuevo a primera línea y falleció a los pocos días. Se ve que se lanzó contra las líneas alemanas en un ataque suicida.

-Puff, vaya movida.

-Sí, pero ¿ves por dónde voy?

-Aún no lo tengo del todo claro.

-Vale, volvamos a la paciente. La mujer necesitaba calmarse y dejar de despertarse asustada así que le pregunté que qué era lo que más miedo le daba. Me dijo «Si yo estoy viviendo la vida de ellas cuando duermo, ¿se están colando ellas en la mía cuando estoy despierta? ¿Estoy yo en los sueños de las otras?».

Se quedaron callados mirándose hasta que Fernando desvió la mirada hacia la ventana siguiendo la caída de las hojas del Paseo de San Joan.

-¿Me estás diciendo que tu teoría misteriosa es que algunas personas pueden comunicarse con sus otros yo de realidades paralelas?

-Comunicarse no, experimentar su vida como si fueran ellos.

Fernando se revolvió incómodo en la silla. Se quedó parado y con la mirada fija en las migas del croissant. -Desde un punto de vista científico es una locura -dijo Fernando serio-.

-Lo sé. Pero a priori también me parece una locura toda la teoría de cuerdas que manejáis. Te he traído algo, pero te tengo que pedir que no se lo dejes ver a nadie, ni lo fotocopies. – Guillém sacó tres cuadernos escolares de la mochila que estaba en el suelo y los puso sobre la mesa-. Son diarios, le pedí a la paciente que al despertarse cada mañana escribiera todo lo que había visto, oído o sentido. Me los trajo a la consulta ayer.-empujó suavemente los cuadernos hacia Fernando-. Sólo te pido que los leas y que te hagas una pregunta en un contexto hipotético.

-¿Qué pregunta?

-La conexión cerebral en gemelos ha demostrado en numerosos estudios que puede hacer sentir a un gemelo las cosas que experimenta el otro. Si existen realidades paralelas y toda la teoría de cuerdas es cierta, ¿no es plausible pensar que todos estaríamos conectados a nivel neuronal con nuestros otros yo?

[…]

The Circle, la distopía necesaria

Me gustaría aprovechar este espacio que es en parte mío (y en parte de SiteGround, Google y WordPress) pare recomendar a los que me leáis que veáis una película: The Circle.

Durante 2020 la cultura ha dado bocanadas para evitar ahogarse y sobrevivir en medio de la pandemia. Mientras artistas de todas las disciplinas se reinventaban online se ha cuestionado para qué sirven el arte, la música, el cine o la literatura más allá del mero entretenimiento. Pues bien, la cultura sirve para esto: para reflexionar sobre nuestra propia humanidad, sobre lo que es moral y lo que no, y cuestionar nuestras propias creaciones desde un punto de vista ético (entre otras cosas).

Reflexionar es lo que nos hace avanzar verdaderamente como sociedad. No basta con ser más ricos, tener más comodidades o vivir más años, todo eso resulta irrelevante si detrás no hay un proceso de pensamiento que nos guíe y nos ayude a decidir qué tipo de sociedad queremos ser y qué es verdaderamente importante para las personas que viven estos tiempos.

¿Y qué tiene que ver esto con la película? Mucho, estoy llegando a eso…

Hay tres principios sobre los que estamos construyendo ahora mismo el debate social: la privacidad de los datos, la salud y la preocupación medioambiental. Son imperativos de nuestra sociedad actual, como antes lo fueron la libertad, el honor o el linaje. Es decir que son los valores vigentes, como dirían Ortega y Gasset y Julián Marías.

La película se centra en dos de esos tres principios: la privacidad y la salud; y los lleva al extremo haciendo que nos revolvamos en el sofá y que nos preguntemos hasta dónde seríamos capaces de llegar. Es una película incómoda, una distopía necesaria. Hace guiños a 1984, a La Red e incluso al Show de Truman. Cuenta la historia de forma sencilla, al más puro estilo de Hollywood, pero enredándonos poco a poco, como si se tratase de una araña, en una reflexión personal molesta: «¿podemos llegar a eso?», «¿cuánto más de mi vida estaría dispuesta a compartir y a cambio de qué?»

Las distopías han proliferado durante nuestro tiempo de vida: Black Mirror, Years and Years, Matrix, Gattaca, Mad Max (ya hemos llegado a 2021)… una larga lista si la comparamos con las que fueron publicadas antes de los años 50′: Farenheit 451, 1984, Un mundo feliz… Cabe preguntarse por qué ahora hay más historias distópicas. Puede que sea porque en general se publican más libros y se hacen muchas más películas, o puede que estemos en un periodo de la historia donde los cambios se han acelerado vertiginosamente y la creación de historias distópicas es la respuesta humana a la enormidad de toda esa incertidumbre.

Hay una disciplina llamada Future Studies que utiliza la ciencia ficción para plantear cómo anticipar riesgos sociales, climáticos, políticos… y analizar qué debemos hacer hoy para evitarlos. Entre otras cosas se analizan películas de ciencia ficción, se replantean las organizaciones desde una perspectiva futuriza o se utiliza la imaginación como una herramienta propia de las ciencias sociales. Es decir, se parte de escenarios imaginarios posibles y se toman acciones reales para prevenirlos, evitarlos o estudiarlos.

Os propongo un ejercicio de reflexión:

Ved la película. Disfrutadla, y luego valorad cuánto valen vuestras redes sociales, vuestra vida privada (y la de la gente que os rodea) y en qué consiste el concepto de democracia en el s.XXI.

En 2018 hice un experimento muy interesante a nivel personal, me quité las redes sociales durante 6 meses. La reflexión final es de lejos, el post más leído de este blog. Sin embargo, cuando acabó el experimento volví a ellas, con la salvedad de Facebook que fue eliminado. Aumenté las restricciones de privacidad, eliminé seguidores e incluso fotografías, pero mi cuenta de Instagram sigue ahí y en Twitter sigo siendo usuaria activa ¿Por qué cuento esto? Porque no he sido capaz de cortar por lo sano con las empresas de Jack Dorsey o Mark Zukerberg, a pesar de que reflexiono sobre ello con frecuencia; sobre cuánto quiero que se sepa de mí en internet, cuánto valoro mi privacidad personal o cuál debería ser el papel de los gobiernos a la hora de regular este tipo de empresas.

Por eso creo que The Circle es una distopía necesaria. No estoy segura de si salirse de las redes sociales hoy es algo deseable. El confinamiento ha sido muy duro a todos los niveles, incluido el psicológico, y quizá habría sido aún más terrible sin ese espacio de socialización digital. Sin embargo, sí que necesitamos reflexionar sobre qué riesgos estamos dispuestos a asumir o qué decisiones debemos tomar para lograr ser una sociedad mejor. The Circle nos ayuda a pensar en qué límites queremos imponer a las empresas que están detrás de las redes sociales y qué papel debemos jugar como ciudadanos y como votantes para proteger uno de nuestros valores vigentes: nuestra vida privada.

Bonus: La película también tiene un guiño a una de las películas de ciencia ficción que más me han gustado y que menos se han reconocido en taquilla: Días extraños. Otro peliculón.