Teletrabajo

Es sábado y en un rato tengo 3 horas de reunión de análisis para un proyecto. Seguramente comeré, me echaré mis 15 minutos de siesta, me haré un café y seguiré trabajando. Y mañana domingo es más que probable que abra el ordenador y me ponga a pasar notas del último proyecto, me organice la semana y me deje varios emails programados para que salgan todos en fila india el lunes a las 8:00. Todo eso desde casa, igual que el resto de la semana.

En mi caso el teletrabajo se me junta con trabajar para mí y para mis socios y no para una empresa, así que además de elegir el lugar de trabajo puedo elegir el horario, el cargo que tengo y cómo quiero desarrollar mi carrera profesional. Es verdad que a veces me toca trabajar los sábados, los domingos y los festivos, pero también es cierto que en medio de un lunes a media mañana puedo irme al gimnasio y encontrármelo vacío. O puedo irme el martes al mercado a comprar fruta y disfrutar del paseo para airearme las ideas. Trabajar desde casa supone que a veces trabajo en ropa cómoda, que los descansos del café los hago regando las plantas y que tardo en llegar a la oficina lo que tardo en cruzar el salón.

Se está hablando mucho de trabajar desde casa. Parece que va a ser el cambio de paradigma en el mundo laboral, pero creo que como siempre, el árbol no nos está dejando ver el bosque.

El gran cambio que ha de venir al mundo laboral es la libertad del trabajador sobre su tiempo, y no dónde está la silla en la que sentarse 8h.

Leo en las noticias sobre sistemas para controlar que el empleado trabaje 8 horas, para monitorizar su actividad, para estar seguros de que es «eficiente y productivo». Y me pregunto dónde están la confianza, la responsabilidad y el respeto entre adultos.

Una amiga me contaba que en su empresa hay varias personas de su equipo que no han abierto el portátil en 3 días. Yo le pregunté si es que estaban haciendo su trabajo por teléfono o por otros medios, me dijo que no, que sencillamente no estaban haciendo nada. Me cuesta pensar que esto sea una novedad del teletrabajo. Apostaría a que esas mismas personas son las que se llenaban la jornada con reuniones consecutivas donde en realidad no eran necesarios, se hacían sus dos buenas horas de comida (de menú y con sobremesa) y se iban los últimos de la oficina, aunque en su pantalla estuvieran leyendo noticias y no contestando correos.

Confundimos productividad con presentismo.

Los cambios nunca son fáciles. Requieren un proceso de adaptación, aprendizaje y testear posibilidades hasta que nos encontramos a gusto en la nueva situación y establecemos una nueva estabilidad. No tengo ni idea de si el teletrabajo se va a imponer, de hecho me da igual. Cada uno que trabaje donde quiera. Lo que creo que sí debemos hacer ya es crear entornos de trabajo responsables, desde el empleador y el empleado.

Hay personas que necesitan autonomía, que las dejen a su aire, y otras que piden expresamente más supervisión, quizá por el momento de aprendizaje o dominio que tengan sobre las tareas, quizá porque requieren feedback con más frecuencia. Pero en ambos casos el estilo de liderazgo no depende de dónde está sentada la gente, sino de la comunicación y el apoyo que debe dar la dirección. Hay que dejar de pensar que las personas necesitan estar «controladas» para hacer bien su trabajo. ¿Qué estoy trasmitiendo como empresa si dedico buena parte de mis recursos a medir el tiempo de conexión de la gente en lugar de darle las herramientas para que ejecute su trabajo con éxito cuando y desde donde quiera?

El verdadero debate está en el cómo, no en el dónde.

Yo estoy muy a gusto en casa, pero de vez en cuando echo de menos a mis socios y a otros compañeros, las risas, el saber cómo están cada día y el tomarse algo al salir del trabajo. No hace falta ir a la oficina todos los días para poder disfrutar de eso. En mi caso lo comprimía todo en una semana de visita a Madrid antes de que la pandemia nos limitase los movimientos. Estoy acumulando ganas para abrazarlos a todos en septiembre.

Pero incluso cuando esté currando allí mi semana «presencial» sé que podré ir a la oficina a la hora que quiera y despejar mi mesa cuando considere que ha terminado mi jornada. Que podré ir a exposiciones por la tarde o desayunar con mi hermana (aunque ella es un nocturna empedernida y yo una yaya madrugadora). Todo esto porque el pulso del trabajo y sus resultados están desligados del espacio productivo; y la oficina es solo un sitio para reunirse con la gente de vez en cuando.

colonos

No sé cómo será recordado el 2020 en unas décadas. Para mí debería llamarse «el año en pausa». La vida ha seguido y no ha parado, pero muchos de lo eventos significativos de la gente: bodas, eventos deportivos, festivales, conciertos, promociones, exámenes… han sido postpuestos a 2021. Como si aún estando a 8 meses de diciembre tuviéramos ya la certeza de que este año esas cosas no pueden pasar, no se van a dar.

Por salud mental intento racionar el atracón de noticias, de cifras y de previsiones que cambian casi a cada hora, pero como persona curiosa me fascina ver lo que está pasando en las casas de la gente. Y todo esto está pasando ahora, en 2020.

Lo que está pasando es lo digital.

En apenas 50 días de cuarentena mundial hemos visto como prácticamente todas las acciones humanas se reinterpretaban o se traducían del contexto analógico al digital. Muchas prácticas ya se realizaban allí, pero ahora el proceso se ha acelerado y multiplicado. Abuelos demandando a sus hijos que ahora sí, que por favor les enseñen a usar el ipad para poder hablar con sus amigos, para ver a sus nietos, para leer el periódico. Profesores que han tenido que reinventarse para que sus alumnos no pierdan un año lectivo. Empresas y trabajos que parecía imposible hacer online y que semanas después ya nadie recuerda por qué se no hacían antes.

Ya estamos todos aquí.

Ya hemos llegado, se acabaron las exploraciones. Algunos llevaban años viviendo en este nuevo mundo, ahora se les han unido los rezagados, los lentos, los que creían que se morirían antes que pisar esta nueva tierra.

Se reinterpretan los cumpleaños, las comidas en familia, el deporte, el aprendizaje, el culto religioso…y los curiosos, sentimos que hemos llegado a una tierra nueva. Abrimos los ojos, nos sentamos junto al fuego y esperamos a ver qué viene después.

Honor, libertad, salud.

13:00 – Se conectó al seminario online. Hoy tocaba discutir el libro de Pablo Manolo Rodríguez, Las palabras en las cosas. Otro de esos ladrillos de 500 páginas que suponían un desafío intelectual desde la introducción hasta las tablas de contenidos.

Había llenado un cuaderno de 96 páginas sólo con las anotaciones y citas que había sacado del libro. Algunas estaban conectadas con lo que quería decir en la tesis, otras eran conceptos para discutir en el seminario. El libro era un repaso por los últimos 400 años de pensamiento, asimilando la historia social con la historia de las ciencias sociales y las ciencias físicas y matemáticas para acabar analizando los algoritmos. La conclusión era clara, en la actualidad solo había dos tipos de gobernabilidad: la algorítmica y la salud. Y esas dos áreas eran las que estaban dirigiendo las decisiones a nivel mundial.

Profesor: «Es curioso que ahora estemos confinados en casa con la crisis médica y al mismo tiempo discutiendo de la gobernabilidad médica».

La discusión continuó con las intervenciones de más compañeros. Le gustaban mucho los seminarios, el grupo tenía mucho nivel. Juntos sumaban muchos años de lectura académica y de investigaciones en campo. Estar ahí ya suponía un reto.

Profesor: «…el valor médico está desplazando al valor de la libertad. Miremos a los chinos, si nos guiamos por la aquiescencia con las medidas sanitarias que ha tomado el gobierno durante la pandemia, podríamos decir que la salud es más importante para ellos que la libertad. Un valor ha desplazado a otro en relevancia.»

Compañero 1: «…»

Compañero 2: «…»

Ella: «Querría retomar lo mencionado anteriormente sobre los valores. Me ha parecido muy interesante lo que comentabas Francisco sobre cómo la libertad como valor ha sido desplazada por el deseo de salud. Me hace reflexionar sobre qué otros valores han ido perdiendo importancia a lo largo de los últimos años además de la libertad; y creo que la privacidad sería una extensión de la libertad tal y como era entendida hace 20 años. Además comentándolo desde el libro, todos los sistemas algorítmicos te obligan a que des tu verdadera identidad, con procesos de verificación en dos pasos, datos cruzados como el teléfono o el email, etc. Es decir la privacidad ha dejado también de ser importante a medida que se renunciaba a determinadas libertades.»

Profesor: «totalmente. Yo lo veo en mis hijos, la privacidad para ellos es irrelevante. No lo entienden como un riesgo. En cambio hay otros valores que sí defienden, como que se les tenga en cuenta. Esto me recuerda a un proyecto en el que se estudió los valores de distintas generaciones en el espacio de trabajo. Lo que salía es que las generaciones después de los Millennials necesitaban tener un papel activo en la toma de decisiones y que si las generaciones mayores no lo entendían, acababa por generarse conflicto y problemas de comunicación.»

Pensó en las grandes compañías, telcos, utilities…se quejaban siempre de que no eran capaz de atraer o de retener talento joven. Quizá sus valores no encajaban en la cultura de empresa y los departamentos de Recursos Humanos eran incapaz de verlo. Quizá por eso el Agile era una solución para canalizar esas necesidades.

El Profesor continuó: «los valores van cambiando con el tiempo. Pensad en el honor. Hoy nos parece algo anacrónico, pero antes del s XVII el honor era uno de los valores más importantes…»

Se acordó de Iñigo Montoya, del Quijote, de la figura del hidalgo pobre y del honor de los samurais en Japón. El honor desapareció en algún lugar del siglo XVII a medida que el desarrollo industrial avanzaba a toda máquina desde los primeros talleres y fábricas. Otros valores empezaron a bullir desde abajo, la igualdad. Igualar a todos los obreros, a todos los hombres, a todos los seres humanos. Se extendió como se extienden todas las ideas, como los virus. El siglo XX había empujado el valor de la libertad, el deseo nacido de los regímenes autoritarios. Ser libre para pensar, para moverse; la globalización era la mejor expresión de ese movimiento y de ese derribo de fronteras.

¿Y ahora?

Compañero 3: «Si se impone el pasaporte sanitario será un control de todas las enfermedades y afecciones. Para conseguir un trabajo o poder moverte libremente por el mundo tendrás que acreditar que ya has pasado el Covid, el Sars, la varicela, que no eres portador del VIH, que nunca has tenido paperas y que tienes el colesterol bajo.»

El valor del culto al cuerpo había mutado. Ya no bastaba con parecer sano, joven y atlético, ahora tendrías que demostrarlo. La norma de clase sería estar sano. Cuanto más sano más posibilidades de ascender en la escala social. Ya no solo penalizaría estar gordo, también tener la gripe.

Buen momento para volver a ver Gattaca.

Apocalipsis

Me pilló con las peores pintas posibles. Mallas, calcetines de koala con orejas en formato pompón, jersey lleno de pelotillas, sin maquillar, con ojeras, y greñas de no cortarme el pelo en 5 semanas.

Sabía que algo gordo se cocía ese año: incendios, refugiados, la gripe…pero una piensa que el año siempre puede mejorar con un golpe de suerte. Optimista por parte de madre. Pero el Apocalipsis, ¿en serio? Pensaba que el fin de la humanidad sería un declive paulatino a lo Mad Max, como la desaparición del último lince ibérico tras años avisando en Jara y Sedal, y no la desaparición al estilo dinosaurio. Pim Pam.

Que no digo que no lo tuviéramos merecido, habíamos sido el peor cáncer de la Tierra. Varios miles de años siendo un «pain in the ass». Agricultura, contaminación, energía nuclear, plásticos… lo raro es que hubiéramos durado tanto. Si yo hubiera sido la Tierra le habría dado un manotazo a la humanidad entera al primer picotazo, como si fuera un mosquito. En lugar de esperar que me pusiera el culo como un colador. Sí, eso es lo que habíamos hecho, ser el puto mosquito de la Tierra, o peor, una avispa. Un enjambre inmenso de avispas a lo largo de nuestra historia como especie.

Por suerte para la Tierra, el Apocalipsis ya había llegado. Me habría gustado visitar Japón, o Islandia. O las dos. Ya no sería nunca una viejecita simpática yendo a clases de cerámica, y se acabó la idea de publicar algo alguna vez. De todas formas ¿quién me iba a leer estando todos muertos?

Cuando empezaron a caer pedruscos me entró el pánico. Absurdo, no había nada que pudiera hacer. No se podía escapar, y las líneas de teléfono no funcionaban, así que no habría forma de decirle adiós a mis padres. Casi mejor, habría sido todo más dramático.

Pensé que me quedaban unos minutos y que la espera con todo haciéndose añicos, iba a ser dura. Repasé todo lo que podía hacer antes de dejar de existir: echarme en la cama, poner música, darme una ducha, quizá un último orgasmo, comer guarradas… No tenía pastillas para dormir ni tampoco alcohol por casa (si nos hubieran avisando con tiempo la cosa habría sido más glamourosa). Así que al final me decidí por la droga más dura que había en mi cocina. Me hice un café largo, bien de azúcar. Que la muerte me pillase en pleno subidón de cafeína, dando botes y pensando que la vida había sido la ostia.

https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2020-03-04/enorme-asteroide-sobrevolara-tierra-29-abril-nasa_2481928/

Los de la NASA calcularon mal lo de la colisión.

La ilusión de lo cotidiano

«Según nos informan la ilusión de lo cotidiano es la falsa sensación de bienestar y normalidad en situaciones nuevas, atípicas o críticas.

Una ilusión de lo cotidiano habitual es la comodidad que se siente con una nueva pareja haciendo cosas banales como ir a la compra o recoger el salón, cuando esas actividades aún no forman parte de la vida real de la pareja como ente. En esos casos los individuos de la pareja están ensayando cómo podría ser su vida de seguir adelante con la unión.

Las ilusiones de lo cotidiano también pueden darse en situaciones atípicas; por ejemplo en casos de confinamiento prolongado. Cuando la población puede pretender que su día a día es como un domingo cualquiera. Todos reunidos en casa, obviando la realidad: el impedimento de salir a la calle. La sensación identificada es de vivir un domingo extremadamente largo, como han apuntado algunos de los entrevistados.

Por otro lado, según las consideraciones de la doctora Calleja, la ilusión de lo cotidiano también aparece en el proceso de creación de nuevas rutinas. Como salir al balcón cada día a las 20:00, estableciendo nuevos vínculos con el vecindario y organizando la agenda diaria en torno a un evento que en otras circunstancias se consideraría excepcional pero que en la ilusión de lo cotidiano se transforma en normal.

Por último, la ilusión de lo cotidiano aparece con frecuencia en situaciones críticas de enorme dramatismo, donde fingir normalidad puede hacer a los individuos sobrellevar graves desenlaces. Esto puede traducirse en el uso de saludos o formas comunes de hablar a un paciente, aún sabiendo que es posible que el «hasta mañana» sea solo una frase hecha.

Seguiremos informando desde las fronteras de la ficción. Cecilia Olmos para canal el 81.»