Diagnóstico: culpa

Si algo ha conseguido la Covid 19, además de llenarnos los bolsillos con botecitos de geles y mascarillas desechables, es que una gran parte de la población nos sintamos sistemáticamente culpables.

La vida social nos genera grandes dosis de culpa que llevamos a cuestas: responsabilidad, muertos, evitar contagios, prevenir, grupos de riesgo…

No hay nada que hagamos (o dejemos de hacer) que esté exento. Comer con los amigos, ver a la familia, celebrar un cumpleaños…hacerlo supondría poner en riesgo a otros, no hacerlo es enfrentarse a presiones sociales y que nos acusen de ser exagerados, alarmistas o aprensivos.

Resulta que en 2020 ser fiel a nuestra humanidad es precisamente privarnos de ella. De los abrazos, del encuentro social, de los lazos familiares ¿Cuánto podemos estar así antes de que empiece a aparecer la resistencia interna, a que queramos coger un tren o un avión para abrazar a los nuestros?

¿Dónde empieza la ética y dónde la salud mental?

ELPASO. A Punk Story

Cada libro encuentra su momento. Este lo tenía en una estantería desde marzo de 2019 cuando tuve la suerte de conocer a su autor y ver y escuchar algunas de las piezas que son también parte del libro. Le tenía ganas pero una pila de ensayos me tenía la lectura secuestrada. Hasta ahora. Vacaciones raras en casa, con la ciudad vacía (de turistas y de residentes) y el calor que no da tregua desde las 11:00 hasta las 18:00. Mi pila interminable de ensayos puede esperar un par de semanas.

ELPASO. A punk story se lee solo. En la página 50 ya tienes que asumir que te has enganchado y que ninguna serie o película te va a robar la atención durante las horas que te queden para acabarlo. Me ha gustado mucho, tanto en la historia como en la propuesta creativa.

La historia

Una historia que habla de la importancia de los amigos para darle forma a la propia personalidad y lo que perseguimos con nuestros pasos en el futuro. Pequeños momentos significativos que están preñados de música, las listas de canciones y artistas son una parte clave del libro, y que podrían haber sido la banda sonora de casi cualquiera que haya nacido entre 1975 y 1985. El libro habla de amistad pero también de la identidad fronteriza, de lo que significa crecer construyendo raíces propias al margen de los bordes o la lengua, y también habla del amor y de lo que significa al crear una familia, una pareja o una banda de punk. Algunas partes del libro me han hecho recordar pasajes de Girl in a band de Kim Gordon o de Big Day Coming: Yo La Tengo and the Rise of Indie Rock de Jesse Jarnow. El libro está contado desde el final de los 80´ cuando la escena musical estadounidense estaba cambiando de forma radical. El grunge fagocitó a buena parte del punk y los personajes sufren ese tornado social en el desarrollo de su propia historia.

La propuesta creativa

La otra buena razón por la que me apetece regalarle el libro a unos cuantos colegas es por la propuesta. La historia rebasa el libro, a su alrededor hay varios rastros de miguitas transmedia: collages, fanzines, música, entrevistas, un registro fotográfico inmenso… y una estructura que recupera partes de la biografía real de Benja Villegas. Todas esas piezas se juntan de forma natural creando algo orgánico y verosímil. La ficción se entremezcla con lo real una y otra vez, tanto que para disfrutar realmente de la historia lo mejor es entregarse y evitar desentrañar la verdad. La historia se merece ser abrazada.

Hay algo más que me ha dejado muy buen sabor de boca y es la filosofía de Do-it-yourself que emanan tanto la historia como la propuesta creativa. Muchos de los de nuestra generación nos hemos creído que el DiY se limita a montar estanterías del IKEA y aprender a cocinar. Pero la historia de las bandas punk de las que se habla, todo el material gráfico creado y el propio libro enseñan sin querer la profundidad del concepto: crear es una forma humana de expresarse y está al alcance de todos.

Muy recomendable.

Infidelidades

Gloria, Pepe, Adriana y 100 días de vida confinada.

Gloria y Pepe encerrados en ese ático de barrio bien de Madrid. Saliendo a la terraza, inventando platos, acabándose Netflix, follando más que en el último año, aunque fuera por aburrimiento, y mirándose a los ojos de nuevo tras muchos meses de vivir juntos pero desconectados.

Al otro lado del parque grande, Adriana. Teletrabajando a ratos, a ratos mirando a escondidas de sí misma el instagram de Pepe y el de Gloria. Mojándose las ganas de ver a su amante en vino del caro. Encadenando muchas llamadas de zoom con las amigas, con los compañeros del trabajo, con sus padres; y sintiéndose cada vez más sola y encogida entre las lluvias de abril y los aplausos del balcón.

Mal tiempo para las infidelidades. No hay viajes, ni cenas de trabajo. No existen las escapadas de la oficina porque la vida está fijada y encerrada en el mismo espacio. Al principio se escribían mensajes picantes pensando que solo duraría quince días «me voy a guardar todas las ganas para ti». Pero con cada prórroga los mensajes cambiaban de intensidad y de color. Desesperación por verse, indiferencia contenida y al final, tras semanas de darse cuenta de que no había posibilidad de volver a lo de antes de la pandemia, decepción.

Como un soufflé al que se le ha abierto la puerta del horno antes de tiempo. Así acabaron las ganas de Adriana. Pensó mucho tiempo cómo sería su primer paseo en el exterior y los pies la llevaban siempre hacia el portal del ático. Tenía hasta preparado lo que diría en el telefonillo como parte de su despecho pero cuando les dejaron salir lo que hizo fue darse un paseo por el parque. En medio de la lluvia de junio se fue al estanque a ver patos y a las gotas hacer círculos sobre el agua.

Pepe no salió el primer día. Se quedó en casa mirando a ratos sus pies en calcetines y pensando en el día que tendrían que llevarle a la oficina. ¿Era el final del paréntesis? ¿Y si el paréntesis pudiera ser más largo? La primera noche de desconfinamiento tuvo pesadillas. Soñó que la rueda volvía a ponerse en marcha, trabajo, rutina, reuniones, viajes… sin tiempo para ver a su mujer, para hacer deporte, para escuchar música, sin tiempo.

Envuelta en una chaqueta de punto gris con un brazo cruzando el pecho y el otro llevándose el cigarro a la boca cada 7 segundos, Gloria esperó. De pie en la terraza del ático sintió escuchar varias veces los pasos de su amante abajo en la calle. «Ahora picará al telefonillo y será el fin».

Honor, libertad, salud.

13:00 – Se conectó al seminario online. Hoy tocaba discutir el libro de Pablo Manolo Rodríguez, Las palabras en las cosas. Otro de esos ladrillos de 500 páginas que suponían un desafío intelectual desde la introducción hasta las tablas de contenidos.

Había llenado un cuaderno de 96 páginas sólo con las anotaciones y citas que había sacado del libro. Algunas estaban conectadas con lo que quería decir en la tesis, otras eran conceptos para discutir en el seminario. El libro era un repaso por los últimos 400 años de pensamiento, asimilando la historia social con la historia de las ciencias sociales y las ciencias físicas y matemáticas para acabar analizando los algoritmos. La conclusión era clara, en la actualidad solo había dos tipos de gobernabilidad: la algorítmica y la salud. Y esas dos áreas eran las que estaban dirigiendo las decisiones a nivel mundial.

Profesor: «Es curioso que ahora estemos confinados en casa con la crisis médica y al mismo tiempo discutiendo de la gobernabilidad médica».

La discusión continuó con las intervenciones de más compañeros. Le gustaban mucho los seminarios, el grupo tenía mucho nivel. Juntos sumaban muchos años de lectura académica y de investigaciones en campo. Estar ahí ya suponía un reto.

Profesor: «…el valor médico está desplazando al valor de la libertad. Miremos a los chinos, si nos guiamos por la aquiescencia con las medidas sanitarias que ha tomado el gobierno durante la pandemia, podríamos decir que la salud es más importante para ellos que la libertad. Un valor ha desplazado a otro en relevancia.»

Compañero 1: «…»

Compañero 2: «…»

Ella: «Querría retomar lo mencionado anteriormente sobre los valores. Me ha parecido muy interesante lo que comentabas Francisco sobre cómo la libertad como valor ha sido desplazada por el deseo de salud. Me hace reflexionar sobre qué otros valores han ido perdiendo importancia a lo largo de los últimos años además de la libertad; y creo que la privacidad sería una extensión de la libertad tal y como era entendida hace 20 años. Además comentándolo desde el libro, todos los sistemas algorítmicos te obligan a que des tu verdadera identidad, con procesos de verificación en dos pasos, datos cruzados como el teléfono o el email, etc. Es decir la privacidad ha dejado también de ser importante a medida que se renunciaba a determinadas libertades.»

Profesor: «totalmente. Yo lo veo en mis hijos, la privacidad para ellos es irrelevante. No lo entienden como un riesgo. En cambio hay otros valores que sí defienden, como que se les tenga en cuenta. Esto me recuerda a un proyecto en el que se estudió los valores de distintas generaciones en el espacio de trabajo. Lo que salía es que las generaciones después de los Millennials necesitaban tener un papel activo en la toma de decisiones y que si las generaciones mayores no lo entendían, acababa por generarse conflicto y problemas de comunicación.»

Pensó en las grandes compañías, telcos, utilities…se quejaban siempre de que no eran capaz de atraer o de retener talento joven. Quizá sus valores no encajaban en la cultura de empresa y los departamentos de Recursos Humanos eran incapaz de verlo. Quizá por eso el Agile era una solución para canalizar esas necesidades.

El Profesor continuó: «los valores van cambiando con el tiempo. Pensad en el honor. Hoy nos parece algo anacrónico, pero antes del s XVII el honor era uno de los valores más importantes…»

Se acordó de Iñigo Montoya, del Quijote, de la figura del hidalgo pobre y del honor de los samurais en Japón. El honor desapareció en algún lugar del siglo XVII a medida que el desarrollo industrial avanzaba a toda máquina desde los primeros talleres y fábricas. Otros valores empezaron a bullir desde abajo, la igualdad. Igualar a todos los obreros, a todos los hombres, a todos los seres humanos. Se extendió como se extienden todas las ideas, como los virus. El siglo XX había empujado el valor de la libertad, el deseo nacido de los regímenes autoritarios. Ser libre para pensar, para moverse; la globalización era la mejor expresión de ese movimiento y de ese derribo de fronteras.

¿Y ahora?

Compañero 3: «Si se impone el pasaporte sanitario será un control de todas las enfermedades y afecciones. Para conseguir un trabajo o poder moverte libremente por el mundo tendrás que acreditar que ya has pasado el Covid, el Sars, la varicela, que no eres portador del VIH, que nunca has tenido paperas y que tienes el colesterol bajo.»

El valor del culto al cuerpo había mutado. Ya no bastaba con parecer sano, joven y atlético, ahora tendrías que demostrarlo. La norma de clase sería estar sano. Cuanto más sano más posibilidades de ascender en la escala social. Ya no solo penalizaría estar gordo, también tener la gripe.

Buen momento para volver a ver Gattaca.

Apocalipsis

Me pilló con las peores pintas posibles. Mallas, calcetines de koala con orejas en formato pompón, jersey lleno de pelotillas, sin maquillar, con ojeras, y greñas de no cortarme el pelo en 5 semanas.

Sabía que algo gordo se cocía ese año: incendios, refugiados, la gripe…pero una piensa que el año siempre puede mejorar con un golpe de suerte. Optimista por parte de madre. Pero el Apocalipsis, ¿en serio? Pensaba que el fin de la humanidad sería un declive paulatino a lo Mad Max, como la desaparición del último lince ibérico tras años avisando en Jara y Sedal, y no la desaparición al estilo dinosaurio. Pim Pam.

Que no digo que no lo tuviéramos merecido, habíamos sido el peor cáncer de la Tierra. Varios miles de años siendo un «pain in the ass». Agricultura, contaminación, energía nuclear, plásticos… lo raro es que hubiéramos durado tanto. Si yo hubiera sido la Tierra le habría dado un manotazo a la humanidad entera al primer picotazo, como si fuera un mosquito. En lugar de esperar que me pusiera el culo como un colador. Sí, eso es lo que habíamos hecho, ser el puto mosquito de la Tierra, o peor, una avispa. Un enjambre inmenso de avispas a lo largo de nuestra historia como especie.

Por suerte para la Tierra, el Apocalipsis ya había llegado. Me habría gustado visitar Japón, o Islandia. O las dos. Ya no sería nunca una viejecita simpática yendo a clases de cerámica, y se acabó la idea de publicar algo alguna vez. De todas formas ¿quién me iba a leer estando todos muertos?

Cuando empezaron a caer pedruscos me entró el pánico. Absurdo, no había nada que pudiera hacer. No se podía escapar, y las líneas de teléfono no funcionaban, así que no habría forma de decirle adiós a mis padres. Casi mejor, habría sido todo más dramático.

Pensé que me quedaban unos minutos y que la espera con todo haciéndose añicos, iba a ser dura. Repasé todo lo que podía hacer antes de dejar de existir: echarme en la cama, poner música, darme una ducha, quizá un último orgasmo, comer guarradas… No tenía pastillas para dormir ni tampoco alcohol por casa (si nos hubieran avisando con tiempo la cosa habría sido más glamourosa). Así que al final me decidí por la droga más dura que había en mi cocina. Me hice un café largo, bien de azúcar. Que la muerte me pillase en pleno subidón de cafeína, dando botes y pensando que la vida había sido la ostia.

https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2020-03-04/enorme-asteroide-sobrevolara-tierra-29-abril-nasa_2481928/

Los de la NASA calcularon mal lo de la colisión.