Religiosidad primitiva

Hoy estaba comiendo con unos amigos a los que hacía mucho que no veía. Hemos empezado hablando de trabajo, pero en algún momento de la conversación hemos pasado a hablar de esto de la religión y de lo que significaba para cada uno. Los tres coincidíamos en esa búsqueda de la trascedencia, de la espiritualidad, pero también en ese rechazo a la religión (a cualquiera de ellas) por sentirlas ajenas o demasiado fuera de nuestros contextos cotidianos. Ir a misa, creer en un ser superior, repasar la vida de Jesús o seguir la Semana Santa. Son prácticas muy respetables pero que se alejan mucho del día a día.

Sin embargo, todo lo que estoy leyendo últimamente, viviendo o experimentando, me hace pensar que hay otras formas de religiosidad más intuitivas y espontáneas que nos salen a todos de manera más natural y que están ahí, en nuestras vidas, de una forma innegable.

Hablar con los que ya no están.

Antes de que las grandes religiones existieran ya éramos espirituales. Un poco por nuestro miedo a la muerte: el miedo a que lo que amamos y nosotros mismos desaparezca por completo, y otro poco por esa necesidad humana de encontrar una explicación elevada que nos ayude a dar significado a nuestra existencia.

Dicen Eric Venbrux y Anne Jkaersgaard que una de las formas más primitivas de religiosidad es hablar con nuestros muertos: padres, abuelos, amigos. Hablar con alguien que ya no está fisicamente es en sí mismo una forma de religiosidad. Mi madre dice que habla con mi bisabuela Casilda todo el tiempo, que le consulta cosas o se acuerda de su fuerza para tirar de la familia, que la inspira mucho. Me pareció muy bonito cuando me lo contó porque yo tengo una foto de mis bisabuelos al lado de mi cama; salen juntos tomando el sol un día de verano, y reconozco que también hablo a veces con esa mujer que fue tan fuerte y tan carismática dentro de la familia.

Dar las gracias.

Hace poco nació mi segundo sobrino. Un ceporro de 4,5kg. Fue un parto bastante difícil y muy agotador para los padres en medio de un contexto sanitario de Covid. Recuerdo las conversaciones de Whatsapp con la familia repartida en tres ciudades, sin poder viajar ni poder estar ni presentes, ni juntos.

Cuando nos dijeron que después de casi 26 horas todo había ido bien y que mi cuñada y mi sobrino estaban ya en planta descansando, todos dimos las gracias. No sé muy bien a quién o a qué pero el alivio general tomó forma de gratitud hacia algo más grande, quizá el Universo. Me pareció curioso, ¿qué más le dará a Marte, a la luna, o al asteroide Itokawa, que haya nacido bien un niño en un planeta pequeñito de la Vía Láctea? Y sin embargo ahí está la gratitud. Aparece siempre en situaciones tan importantes para nosotros como la vida, la muerte o la fuerza de los vínculos. La gratitud tiene algo de trascendente que no sabemos explicar y que va más allá de lo que puede abarcar nuestra conducta individual o colectiva.

«Las acciones de gracias están presentes en casi todas las culturas.»

Wikipedia.

Navidades, solsticios y años nuevos.

«Como San Juan pero en invierno» así lo definía una de los amigos hoy en la comida y quizá sea justo eso. ¿Por qué un país que se define laico gasta tantas energías en planificar cómo celebrar la Navidad? O quizá la pregunta más precisa sea ¿qué estamos celebrando realmente en Navidad? Juntarse con la familia, decorar la casa y la ciudad, comer juntos, intercambiar regalos… ¿son sólo parte de la tradición o hay algo más profundo y significativo detrás? Algo que se acaba, algo que empieza, llenar de luz el día más oscuro y hacerlo en comunidad. Un ritual anual que es en sí mismo una forma de comunicación y que refuerza los vínculos con las personas con las que lo celebramos, ya sea Navidad, cualquiera de los dos solsticios o las formas de año nuevo que se celebran en cada cultura. La celebración ya estaba ahí antes de que llegaran el cristianismo, el judaísmo o el islam. Subyace en la profundidad de la psicología social como otra expresión más de esa religiosidad primitiva.

Esta Navidad va a estar cargada de trascendencia, tanto si queremos como si no. En las mesas de muchas familias en todo el mundo se va a poner un plato menos, se va a dar las gracias por estar juntos a pesar de todo, y se va a celebrar que algo acaba, que algo empieza y que se llena de luz un momento muy oscuro.

Quizá esta religiosidad primitiva sea más palpable ahora, cuando las instituciones religiosas han perdido relevancia, y en un momento histórico en el que necesitamos alivio emocional profundo.

Como reflexión personal lo dejo por el momento aquí.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *