Infidelidades

Gloria, Pepe, Adriana y 100 días de vida confinada.

Gloria y Pepe encerrados en ese ático de barrio bien de Madrid. Saliendo a la terraza, inventando platos, acabándose Netflix, follando más que en el último año, aunque fuera por aburrimiento, y mirándose a los ojos de nuevo tras muchos meses de vivir juntos pero desconectados.

Al otro lado del parque grande, Adriana. Teletrabajando a ratos, a ratos mirando a escondidas de sí misma el instagram de Pepe y el de Gloria. Mojándose las ganas de ver a su amante en vino del caro. Encadenando muchas llamadas de zoom con las amigas, con los compañeros del trabajo, con sus padres; y sintiéndose cada vez más sola y encogida entre las lluvias de abril y los aplausos del balcón.

Mal tiempo para las infidelidades. No hay viajes, ni cenas de trabajo. No existen las escapadas de la oficina porque la vida está fijada y encerrada en el mismo espacio. Al principio se escribían mensajes picantes pensando que solo duraría quince días «me voy a guardar todas las ganas para ti». Pero con cada prórroga los mensajes cambiaban de intensidad y de color. Desesperación por verse, indiferencia contenida y al final, tras semanas de darse cuenta de que no había posibilidad de volver a lo de antes de la pandemia, decepción.

Como un soufflé al que se le ha abierto la puerta del horno antes de tiempo. Así acabaron las ganas de Adriana. Pensó mucho tiempo cómo sería su primer paseo en el exterior y los pies la llevaban siempre hacia el portal del ático. Tenía hasta preparado lo que diría en el telefonillo como parte de su despecho pero cuando les dejaron salir lo que hizo fue darse un paseo por el parque. En medio de la lluvia de junio se fue al estanque a ver patos y a las gotas hacer círculos sobre el agua.

Pepe no salió el primer día. Se quedó en casa mirando a ratos sus pies en calcetines y pensando en el día que tendrían que llevarle a la oficina. ¿Era el final del paréntesis? ¿Y si el paréntesis pudiera ser más largo? La primera noche de desconfinamiento tuvo pesadillas. Soñó que la rueda volvía a ponerse en marcha, trabajo, rutina, reuniones, viajes… sin tiempo para ver a su mujer, para hacer deporte, para escuchar música, sin tiempo.

Envuelta en una chaqueta de punto gris con un brazo cruzando el pecho y el otro llevándose el cigarro a la boca cada 7 segundos, Gloria esperó. De pie en la terraza del ático sintió escuchar varias veces los pasos de su amante abajo en la calle. «Ahora picará al telefonillo y será el fin».

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