Lujo de pobres

El día 1 comeremos lentejas. Es una tradición reciente pero que está cogiendo tracción. Frente a los restos de canapés y el dispendio de marisco, se impone al fin, la cuchara. Podría crear la asociación de fans y amigos de las lentejas, mi plato preferido (junto con la tortilla de patatas, pero eso es harina de otro costal).

El caso es que lentejas siempre sobran, se quedan de un día para otro esperando en tuppers y ollas, cogiendo regustillo a chorizo, a pimiento, a cebolla y a lo que se les haya echado: viudas, casadas, vegetarianas, en ensalada, rojas, pardas, pardiñas…son unas legumbres de lo más agradecidas. Encontrarse un tupper en el congelador un día de frío, es como que te haya tocado la lotería sin saber que estabas jugando. FAN. No me importa repetir, pero a mucha gente sí.

De hecho hay mucha gente que no soporta lo de repetir plato. Por mucho que les guste algo les parece un horror comer lo mismo dos días seguidos. A mí esto me alerta la extrañeza. Así que cuando oigo a alguien que lo dice comiendo, pongo la oreja.

La cosa empezó con mi abuelo Miguel. Podía cenar todos los días bocadillo de atún con una Mahou delante del televisor. A ser posible viendo un partido del Atleti, pero las comidas tenían que ser siempre algo diferente. Aunque hubiera un cocido de cortarte el hipo él no repetía, era cuestión de principios. Había veces que mi abuela preparaba algo sólo para él mientras los demás le dábamos sin problema al cocido, los filetes del día anterior o los restos de paella. No era sibarita en absoluto, pero con lo de repetir era inflexible.

Ya de mayor he encontrado más casos con esta pequeña manía. Todos hombres, con edades entre los 40 y la edad abuelil. Todos con el mismo patrón: currantes y todos con una mujer al lado que cocina nivel «la guía michelín». Ayer me encontré con otro caso, mi suegro. Más majo que las pesetas, me decía que antes era así pero que desde que su mujer anda tocada de salud se ha vuelto más tolerante con eso de repetir. Antes no. Hace años la buena mujer hacía la cena mientras preparaba la comida del día siguiente entre las prisas de los deberes de los niños, bañarlos, poner la mesa, lavadoras, etc. La logística de todos los días con el añadido de innovar en los fogones para que al día siguiente hubiera algo distinto. Ayer, con el tenedor a medio camino de la boca le dije con picardía «pues la gente pobre somos de repetir». A lo que él contestó entre serio y divertido «precisamente por eso, porque trabajaba tantas horas todas las semanas que comer distinto era una alegría».

Revelación.

Me recordó el libro que llevo meses pensando en leer Las pequeñas alegrías de Marc Augé. Quizá el lujo no es una categoría y sea más una cuestión de percepciones que dependen del punto en el que se sitúa el sujeto respecto del objeto de deseo.

¿Y a mí por qué me gustan tanto las lentejas? Básicamente porque están buenas, eso es así. ¿Pero hay algo más? Hablando con mi hermano Kenneth en Nochebuena caímos en la cuenta de que los platos que más nos gustan son casi los mismos. Los asociamos a esas raras ocasiones en las que mi madre tenía tiempo para cocinar en lugar de sacar algo preparado. Los platos de cuchara eran una fiesta (y la tortilla de patatas también). Lujos.

Como comer lentejas el día 1.

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