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Reflexiones

Sala club

Antes solo había un puñado de señores de traje con maletines de cuero, corbatas, camisa y zapatos brillantes. Ahora está siempre atestada de gente, con una larga cola esperando a la puerta. La decoración no ha cambiado; mesas de cristal templado, sillones de polipiel oscuro, percheros minimalistas. Lo que ha cambiado es la gente. Alguna corbata aislada, mayoría de camisetas, mochilas y zapatillas.

Quizá cuando la abrieron no sabían que estaban democratizando las distancias. Que Valencia sería todavía más la playa de Madrid, que Barcelona estaba a unas estaciones de metro de Sol y que Granada era la siguiente parada después del Prado.

Mirarse en la cara de enfrente es ver el madrugón de la mañana, el café malo del vagón cafetería, las tres reuniones y esa forma de mirar ausente como de viajar sin darse cuenta.

Es viernes. Si te quedas lo suficiente en la Sala Club de Atocha puedes ver las olas y la marea. Se llena con 50 personas todas de pie arrastrando la maleta y 15 minutos  después queda en calma.

«Próximo tren con destino Barcelona-Figueres se encuentra estacionado en vía 2».

 

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