Las Rastreadoras de los Mochis

L

Domingo 5 a.m. Juanita se despierta con la alarma del despertador. Se incorpora y se sienta en el borde de la cama con las manos en las rodillas. Quizá hoy haya suerte. Se pone en marcha.

A las 7. am ya está en la oficina central de Las Rastreadoras en los Mochis, con la fiambrera, el agua y el pico y la pala que compró de segunda mano con sus ahorros. Media hora después se suben todas las mujeres a los camiones, hoy no se ha animado ningún hombre. Siempre son menos, es un movimiento de madres, esposas y hermanas.

Hoy excavarán en un cerro al lado de la salida norte. El miércoles hubo un testigo anónimo que dijo haber disparado allí. Las mujeres lo comentan de camino, si tienen suerte el chivato es de una de las bandas, no se esmeran en enterrarlos, los dejan casi a nivel de la superficie. Será un poco peor si son de la policía, esos entierran bien hondo y quitan todas las identificaciones, hasta los pendientes de las muertas para que las madres no las reconozcan. Como mucho dejan las esposas. En el peor de los casos el chivato las habrá engañado y no habrá nada. Si es así pasarán otro domingo excavando bajo el sol sin encontrar nada.

En México la vida vale menos. Las Rastreadoras es otro de los grupos de mujeres que se ha organizado en todo el país para encontrar los cadáveres de sus hijos, maridos y hermanos desaparecidos. Los narcos secuestran a jóvenes entre los 20 y los 35 años para convertirlos en sicarios. Los que se niegan acaban en una zanja en medio de algún desierto.

Para estas mujeres lo angustioso es la incertidumbre. Despiertan cada día sin saber si sus hijos siguen vivos sufriendo en algún sitio, o si sus huesos se secan en la cuneta de una carretera.

El gobierno no da ayudas, quizá porque es parte del problema, y la ley no permite la exhumación de cadáveres. Si encuentran algún hueso deben apartarse y llamar a los forenses. Éstos se quejan de que las madres «contaminan» la zona y pervierten las posibles pruebas, por lo que complican una posible incriminación.

¿Cómo contener la emoción después de meses o años buscando el cadáver de los hijos?

Juanita ya está cavando, Pancho, Fernando, Guadalupe, Martín. ¿Qué llevaba Martín el día que se fue con Guadalupe a por sus hermanos? La camisa colorada, los pantalones grises. ¿Por qué tuvieron que ir los pequeños a buscar a los mayores? Quizá estén todos juntos y aún vivos. Sabe que se engaña. Las mamás no van con vendas al desierto, van con picos y palas.

Una mujer grita a 10 metros, ha encontrado algo.

Luz María Sánchez es una artista mexicana que estuvo en la UAB dando un seminario el pasado martes y el miércoles presentando una de sus exposiciones de arte sonoro en Barcelona. V. [u]nf_1 es una instalación de pistolas que se activan por los visitantes. Reproduce grabaciones reales hechas con el móvil de personas que se han encontrado en medio de fuego cruzado entre bandas.

El V.[u]nf_3 es un proyecto para una app en el que las mujeres organizadas: «buscadoras» pueden colgar fotos, textos, videos y audios geolocalizados. El objetivo es crear un mapa de zonas excavadas en busca de cuerpos que pueda ayudar en el futuro a ONGs y otras autoridades.

Juanita vuelve a casa cansada. Saca la fiambrera vacía, guarda el pico y la pala para el domingo que viene. Del bolsillo saca un paño húmedo que envuelve un pedacito de desierto. Un trocito de cactus que plantará en el patio con los de los otros domingos. Si sus hijos están en el desierto, esto es tener un poco de ellos con ella, en casa.

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Patricia Salgado

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