El romanticismo de los tendederos

E

Hay algo profundamente romántico en la ropa ajena tendida al viento.

Sábanas blancas ondeando como banderas, como en las películas del oeste americano. O aquella primera lavadora que pusimos con las braguitas de mi hermana, todas de colores, cuando le quitaron el pañal.

Debería estar haciendo una maleta con ropa de trabajo, haciendo conjuntos mentales de lo que me voy a poner, pero tender una lavadora me ha distraído.

En el piso de abajo tengo una pareja de vecinos, jóvenes los dos. Me hace gracia encontrarme la cuerda llena de calzoncillos modernos. Antes de ellos vivía una señora, sus tendales estaban siempre llenos de bragas grandotas de un blanco impoluto. Todas perfectamente alineadas. Y es que el tendedero es esa delgada línea entre lo público y lo privado. Público porque rebasa las fronteras de nuestra casa, privado porque expone al mundo mucho más de lo que nos gustaría.

Antiguamente las señoras tendían las sábanas y por detrás la ropa interior. Tendales pudorosos, el vecino no tenía porqué saber qué había bajo las enaguas o el pantalón. Ahora lo tomamos como un acto democrático, reivindicativo casi: tender las tangas al lado de los calcetines de Totoro. No sé porqué me resuena a Revolución Cultural en China o a la URSS, cuando el pudor era muestra de burguesía. Pobre pudor. El pudor no se lleva, no se tiende, pobre del que lo exhibe.

Volviendo a la cuerda de tender, tengo una compañera de la universidad que hace sus pinitos con la fotografía. Todos los días fotografía a su vecina tendiendo la ropa. Una voyeur de las pinzas y la ropa con olor a Vernel. Lo bonito es que se nota en las fotos que mi amiga se ha ido encariñando con la buena mujer de enfrente. Es mayor, y si pasan muchos días sin que haya tendido nada, se preocupa. Sube entonces una foto del tendedero vacío preguntándose si estará bien. Acabamos sintiéndonos unidos a aquellos que vemos todos los días, una suerte de relación silenciosa. Algo así como toparse en el metro con la misma gente cada mañana.

El tendedero es como el backstage de las casas. Por delante todo fachada y plantas monas, por detrás calzoncillos, bragas y calcetines. Aquí no hay fake ni postureo, algunas manchas salen, otras se quedan por mucho que hayas frotado, sacando a la luz pura humanidad.

Banderas de humanidad.

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Patricia Salgado

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