Mujer y calva

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Hay algunos temas sobre los que es fácil escribir. Este no es uno de ellos.

Hace unos días Facebook me recordaba que hace 4 años me senté en la silla del peluquero y le dije, por segunda vez en mi vida, que me rapase. Días antes había visto a una señora por la Puerta del Sol que solo tenía una cortina de pelo alrededor de la coronilla, el resto era todo calva. Me dio una pena infinita y me revolvió por dentro. Yo no quería ser así. Me pareció una negación absoluta de la realidad.

Así que hice, lo que hago siempre para enfrentarme a mis miedos más hondos, tirarme a la piscina. Estoy segura de que hay una forma más sosegada y más madura de enfrentarse al miedo, pero esta es la única que conozco. Me rapé porque me daba miedo no quererme, que no me quisieran otros o porque dejase de ser yo misma cuando se cayera todo el pelo. Así que aceleré todo el proceso unos años para ver cómo iba a ser el futuro.

Enfrentarse al espejo cada mañana, es una batalla para toda la humanidad.

mujeres calvas

Con las herramientas adecuadas: autoestima, seguridad, amor; es una batalla que se supera sin problemas, hasta con humor; las arrugas, los kilos, el pelo, las canas, incluso el paso del tiempo. Pero si las herramientas básicas faltan, la batalla se puede convertir en un infierno.

Hace unos años fui a una exposición de Vivien Maier. La fotógrafa que se incluía en sus obras en cada reflejo. Me fascinó, me pareció que había algo mucho más profundo que mero narcisismo. Para mí las fotos de su reflejo, son un poco como los selfies de ahora. Son documentación de esa pequeña batalla que supone mirarse en el espejo. Algo así como la Rendición de Breda, o la Batalla de Lepanto. Dejar constancia de la batalla, y en última instancia, de la victoria.

Los que me aguantan en Instagram, saben de mis ratos de imitadora de la Maier, con un objetivo similar.

La historia había empezado muchos años antes, endocrinos, dermatólogos, peluqueros… muchos especialistas para acabar en el mismo sitio. En realidad sólo tendría que haberme fijado un poco más en mi padre y en el lento pero continuado avance de las entradas de mi hermano. La cosa va de genética y nada más.

Cuando volví aquel día de la peluquería, no sabía cómo iba a reaccionar mi círculo más cercano. Me había tirado a la piscina pero sin tener claro si había agua. Las reacciones en general no fueron muy buenas. Quizá debí hacer como el chiste de la madre y el gato que se subió a un árbol. Preparar el camino, avisar al personal, pero la prudencia es de las habilidades que me requieren más esfuerzo, amor y reflexión. No me sale natural. La reacción de mi entorno fue una segunda fase de aprendizaje en relación a mi pelo, si la primera había sido asomarme al futuro, la segunda sería aceptar las primeras impresiones a mi alrededor.

Agradezco las buenas intenciones y los consejos que me dieron, pero creo que no mucha gente me entendió. La cosa iba de descubrir quién era más allá de mi pelo, no de tapar realidades con injertos o pelucas. Hay otras batallas que tengo pendientes con mi cuerpo, pero esta no. No es algo que quiera tapar u ocultar, es algo que quiero aceptar y crecer con ello.

El atractivo se construye desde otro sitio

Una de las cosas que me daban más miedo, era la reacción de los hombres. En un mundo donde todas debemos aspirar a ser Chicas Pantene, donde no hay ninguna miss universo con pelo corto y donde el largo de la melena es un símbolo de feminidad; parecía que iba a tener muy poco éxito.

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Puede que la proporción áurea exista como estándar estético de la belleza, pero el atractivo es algo mucho más cultural, se construye. Cuellos largos, narices grandes, tobillos finos, curvas, delgaduchas lánguidas, barbas…lo que nos llama la atención en otros depende de nuestro contexto cultural y evoluciona a lo largo del tiempo.

En muchas ocasiones lo que nos llama la atención del otro no tiene nada que ver con su físico:

“me dijo que leía a Spinoza mientras andábamos por “la plaza del Tripie” camino del Marula, le tuve que besar.”

“Creo que me empezó a gustar cuando me dijo que tocaba el bajo, me pareció super sexy que una chica tocase el bajo”.

Con los años he empezado a ver todo esto. A ir más allá de la uniformidad que nos vende la publicidad y a entender la profundidad que supone el atractivo personal (llamémosle sex appeal, seguridad, o como dicen algunos “tener rollazo”).  Supone quererse uno mismo y aceptar que no vamos a gustar a todo el mundo, pero que eso, no debería ser un obstáculo para enfrentarse al espejo con todas las herramientas bien preparadas.

(Además) Llevar el pelo corto permite que el resto se fije en lo tremendamente sexy que son mis orejas.

Bromas aparte, esto es un tema que lleva mucho tiempo conmigo. A todos nos cuesta reconocernos a veces en el espejo. Yo lo quiero hacer con cariño, y si puede ser con risas. No siempre es fácil pero estamos en ello.

Llevo un par de días redactando este post en mi cabeza. No sabiendo si lo más adecuado era publicarlo o era mejor dejarlo sólo para mí, haciendo más larga la lista de posts privados.

Si lo publico, es por tres razones principales:

  1. Para hacer más visible que la lotería genética también nos cae a nosotras. No todas las mujeres sin pelo están recibiendo quimioterapia, algunas sencillamente son (somos) calvas. Como la cantente de Ionescu.
  2. Para avisar a mi círculo con cariño y amor, que me volveré a rapar, y me quedará tan estupendamente bien como las dos primeras veces. Mensaje al estilo de la madre, el gato y el árbol.
  3. Para decirles a todas esas mujeres y hombres que se miran con reticencia al espejo, que empiecen a reírse más de sí mismos. La vida real no está hecha de cuerpos Danone y melenas Pantene.

La cosa va de quererse y cuidarse, a todos los niveles.

 

 

About the author

Patricia Salgado

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Sobre mi

Socióloga especializada en investigación de mercados, trabajando en marketing digital desde 2009.

Mi especialidad es el análisis del comportamiento de las personas a través de herramientas digitales.

Utilizo el blog para reflexiones personales, notas y apuntes.

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