Patricia Salgado Investigación Digital

Reflexiones compartidas: Debería la tristeza ser pública? La tristeza en las redes sociales

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Me gustaría utilizar algunos de los posts del blog para plantear cuestiones que me llevan un tiempo rondando la cabeza y para los que aún no tengo una respuesta definida. Voy a arrancarlos como “Reflexiones” que quizá un día pueda retomar y hacer una investigación más detallada.

 

He estado triste. Y yo que suelo publicar con relativa frecuencia en Twitter e Instagram, me he visto en un pequeño dilema personal. ¿Debería publicar cómo me siento?

Parece haber un acuerdo tácito en las redes, de qué puede y qué no puede ser publicado. Lo bueno se publica, lo malo no se expone. ¿Por qué? ¿Por qué es pública la felicidad? ¿Por qué no es privada como la tristeza, la pérdida, la angustia o el estrés?

Si publicamos eventos sociales, en los que hay mucha emoción compartida como un partido, una graduación, una boda…por qué no publicamos una foto de un funeral? ¿Qué entendemos exactamente como “respeto”? ¿No deberíamos también respetar a los novios recién casados y no llenar la red de fotos de uno de sus días más íntimos? Son conceptos y límites que se construyen culturalmente y también sufren pequeñas modificaciones a lo largo de la historia. Podríamos decir que la melancolía tuvo su momento de gloria en pleno romanticismo.

tristeza publica

¿Qué sería de la ópera, la literatura o la pintura sin ese breve periodo a finales del s. XVIII cuando podías expresar abiertamente, que la vida era una mierda para luego morirte entre toses y estertores de una galopante tuberculosis?

Fue breve.

Si nos vamos a la Edad Media,  lo que se llevaba era el sufrimiento. Eras un dolente de Dios y por tanto tenías que sufrir tu destino con los mayores obstáculos en pos de una vida póstuma al lado de los justos del señor. OLE. El que más sufra tiene premio. Lo pienso y sólo me acuerdo del Humor Amarillo de Takeshi Kitano: el que más golpes reciba en el Laberinto del Chinotauro o se pegue la ostia más gótica en las zamburguesas, tiene premio al salir. Un santo Job con casco de color y mono impermeable para pasar todas las pruebas que Dios le encomendase.

humor amarillo

 

¿Y ahora qué? Sufrir ya no se lleva, vivimos en una era de materialismo. Comprar es guay. Comprando eres feliz. Los datos siempre dan la razón. En esta mezcla de positivismo científico recuperado con internet y el big data y el postmodernismo cultural impostado que representan las nuevas tribus urbanas, ¿Cuál es la emoción de moda?

Tienes que estar feliz SIEMPRE.

Lo leo y lo releo y me parece una condena. Me considero una persona bastante alegre, si lo analizo con detenimiento probablemente la considero una de las cualidades o principios que le dan forma a mi carácter. Pero, ¿Siempre?

En cuanto muestras algún signo de que tu banda sonora emocional la están marcando Radiohead o American Football, el círculo cercano se cierra en filas para sacarte de casa, llevarte de fiesta, instarte a que te instales el Tinder, el Happn o qué se yo, a que te gastes dinero en comprar cosas bonitas que te distraigan de lo que sientes y a evitar de todas las maneras posibles que expreses y hagas pública una emoción que está muy mal vista: la tristeza.

Y esto aplica también a las redes sociales.

Todos tenemos un amigo en nuestro Facebook que de forma sistemática publica frases que parecen una llamada de atención para darle un abrazo. Al principio le mandas todos esos abrazos por la red, lo llamas o incluso intentas quedar con él. Al cabo de un tiempo asumes que tienen un carácter melancólico, como exponía Joaquina Fernández en sus clases de coaching, y empiezas a hacer relativo caso a esos amigos. En el fondo sabes que están más o menos bien. Como la canción de los argentinos.

Pero no estoy hablando de esos amigos reincidentes en el tema, sino del resto. De gente que normalmente parece feliz, publica sus canciones, se queja un poco de política, habla de trabajo, de las fiestas con los amigos, o de las pequeñas victorias deportivas (o sea, una mayoría amplia de los usuarios de la red).  Esta gente que un día publica algo que interpretamos como “está fotut” y allá que vamos a tapar, animar y devolverle a la senda del “todo está bien y no pasa nada”.

¿Y por qué lo hacemos?

¿Por qué está tan mal visto estar triste? ¿Cuándo empezamos a censurarlo?

Sin investigarlo mucho, y a riesgo de equivocarme muchísimo, me parece que la pista la tiene la cultura norteamericana (siempre está bien que haya un malo de la película para echarle la culpa de todo). La motivación, la superación y el aprendizaje desde el fracaso (cosas con las que me identifico y en las que creo firmemente) no necesariamente tienen que ir unidas a la censura de la que hablo, pero cuando les sumas el mensaje omnisciente del consumismo, empieza a oler a chamusquina. No?

Cuando estaba estudiando el master tuve que leer un par de artículos sobre reconocimiento facial de las emociones. Uno de ellos decía que en algunos centros comerciales de Estados Unidos, utilizaban este tipo de tecnología como piloto para incrementar las ventas. Los vendedores se centraban específicamente en aquellas personas que parecían estar tristes, eran más vulnerables a incrementar el total de su ticket medio.

Comprar para dejar de sentir.

Además estar triste tiene que ser breve, muy breve. Se te tiene que pasar rápido, porque si no, eres un blando y un débil. Escoria social (estoy exagerando).

No sé, creo que tengo que darle más vueltas a esto, me gustaría entender por qué reaccionamos así ante la tristeza de otros (y a veces ante la nuestra propia) y cómo hemos construido culturalmente esa emoción que es tan humana y también tan necesaria para gestionar nuestra vida de forma eficiente.

La foto de la portada está sacada de un libro de Patricia Benito, Primero de Poeta.

 

Añado una cita que me ha parecido relevante…

“La sociedad de consumo, que tanto defiende el individualismo y un hedonismo frenético, me sigue pareciendo incompatible con un amor duradero. Al sistema le interesa más contar con solteros infelices, porque estos siempre consumen más”

Frédéric Beigbeder
Jot Down Smart 18


About the author

Patricia Salgado

2 comments

  • Muy buen artículo Patricia. ¡Me ha encantado!
    Si te soy sincero, cada vez veo más las explicaciones que empiezan por “la sociedad…” como justificaciones de aspectos más profundos.
    A ver si me puedo explicar porque me has hecho pensar en varias cosas muy distintas.
    En mi opinión las redes sociales no están para compartir “cómo estamos”, sino para transmitir la imagen al mundo del autoconcepto que nos gustaría tener. O sea, publico que voy a la ópera a ver “el barbero de Sevilla”, pero no digo nada de las cosas que aunque me gustan, me avergüenza que lo hagan.
    Por otro lado, me parece bastante “biológico” que inconscientemente no nos apetezca exponernos al mundo en momentos de vulnerabilidad. Ni en las redes ni en ningún sitio. Yo lo entiendo como un mecanismo de defensa más que como una convención social. Es como el mundo de la prensa rosa, que me paguen tropecientos mil euros por mi boda mola, pero si es porque mi pareja me ha puesto los cuernos con la vecina no mola tanto.
    Por otro lado es cierto que siempre tenemos la sensación de que no somos nosotros, que es la sociedad la que no nos deja expresarnos libremente. Y yo me rebelo contra esa idea. Está claro que la libertad subjetiva o percibida es tan importante como la libertad real o material. Pero, ¿hasta qué punto estoy disculpando mi falta de valor a hacer algo que me apetece hacer, o que creo que debería hacer, o lo que sea, con una imposición supuéstamente tácita.
    Me parece que no me estoy explicando.
    Hace un tiempo escuché a una chica que se llama Isasaweis que contaba su historia emprendedora. Y me llamó mucho la atención como ella empezó a ser realmente relevante entre los youtubers cuando comentó en público que había tenido varios abortos. Se ve que es un tema megatabú sobre todo entre las mujeres y que lo “normal” era que cada una se coma en solitario su pena (aún sabiendo que es estadísticamente muy probable en madres primerizas). Pues resultó que muchísimas mujeres empatizaron con ella, y empezaron a hablar de lo que se suponía que no se podía hablar.
    Y no pasó nada (aparte de que esta chica lo petara).
    En resumen, que me parece a mí que atribuimos a causas exógenas lo que en realidad son dilemas morales o incongruencias propias. Quizás nos funcionaría mejor aplicar la navaja de Ockham y aceptar que no lo hacemos porque no lo queremos hacer.
    Ese problema ya lo resolvió Gamero que dijo “si tienes penas no se las cuentes a tus amigos, que los divierta su puta madre”.
    ¡Un saludo y enhorabuena!

    • Gracias por tu comentario Kiko. Te doy la razón, estando tristes queremos que el mundo nos deje en paz la mayor parte del tiempo.

      Pero sigo pensando que hay un tema de lavar los trapos sucios en casa. En otras culturas las emociones se tratan de forma social para gestionarlas en grupo.

      Los occidentales estamos más cerca de los japoneses…mostrar tristeza es mostrar debilidad. Pero esto da para que siga leyendo y haciéndome preguntas.

      Gracias por darme otro punto de vista!!
      🙂

By Patricia Salgado
Patricia Salgado Investigación Digital

Sobre mi

Socióloga especializada en investigación de mercados, trabajando en marketing digital desde 2009.

Mi especialidad es el análisis del comportamiento de las personas a través de herramientas digitales.

Utilizo el blog para reflexiones, notas y apuntes.

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